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Poesía es aquí (o de cómo todo intento de permanencia es inútil)

Texto leído durante el IV Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes, CONARTE, Monterrey, N.L., 13 de octubre de 2012.



1-De Alejandría al Anáhuac: el oxígeno y la memoria

Una de las preguntas infructuosas que se nos pueden ocurrir en una tarde de ocio es a cuántos grados arde un libro (y añadiríamos, centígrados o Fahrenheit). Vana reflexión, a menos que uno sea un personaje bradburiano¹ encargado de alimentar las hogueras en las que se consumen los últimos restos de la palabra escrita. Posiblemente también les habría resultado de interés este dato al cura y al barbero que hicieron escrutinio en la librería de don Quijote para castigar con fuego a los causantes de su locura (ya se sabe que del poco dormir y el mucho leer la gente pierde el juicio).

     Cierto es que este nimio conocimiento de física resulta irrelevante cuando se trata de incendiar bibliotecas. La lumbre quema, con saber esto es suficiente.

     El caso emblemático en Occidente es aquella épica catástrofe ocurrida entre el siglo III y el IV, en la que Alejandría perdió su gloriosa biblioteca. Como efigie de esa sabiduría perdida nos queda la figura de Hipatia, la última gran científica del mundo antiguo. Según algunos historiadores, su brutal asesinato (en el año 415) a manos de un grupo de monjes acaudillados por san Cirilo, marcó el principio del oscurantismo medioeval y la destrucción de Alejandría como centro del saber.

     En Oriente encontramos episodios similares. En el siglo III a.C., el emperador Tsin shi Hwang-di mandó quemar toda la literatura de China (para que los sabios desocupados no se instruyesen) excepto los libros de medicina, agricultura y adivinación.

     Pero yo no soy historiadora y ni siquiera he estado en Egipto o en China, digo solamente lo que he leído y nada me asegura que todos los libros que han llegado a mis manos no hayan estado equivocados, o que sus páginas no sean el espejismo creado por algún encantador de esos que hacen parecer fieros gigantes a los molinos de viento.

     No necesitamos irnos lejos. También tuvimos nuestro holocausto mesoamericano, innumerables códices o libros de pinturas entregados a las llamas. Cientos de cantos desaparecidos para siempre. Nombres y más nombres de cantores sepultados entre ríos de sangre y ceniza. Miguel León-Portilla en su reconocido libro, Quince poetas del mundo náhuatl², después de tomar diversas fuentes, desde los libros pictoglíficos hasta los Romances de los señores de la Nueva España, sólo tiene la certeza de la autenticidad de los textos de quince autores (entre los cuales hay una mujer, Macuilxochitzin), ¡quince! para las cuatro grandes regiones donde floreció esta cultura.

      Queda asentado este extraño gusto de la humanidad por, periódicamente, querer borrar el rastro del objeto más poderoso, singular y cargado de peligros que se ha engendrado en la Tierra: la palabra; mejor aún, la palabra escrita; la que nos parece ajena, desconocida o blasfema.

     Dediquemos ahora un instante a pensar en la literatura oral, aquella que se escribe en los oídos, que se transmite en el pliego de la memoria de una generación a otra. Cuando una lengua desaparece, cuando se queda sin hablantes, muere una biblioteca viviente. Acaso subsistirá el argumento, la anécdota cruda, mas no estarán dos de los principales componentes de este tipo de literatura: la musicalidad del lenguaje original y su sentido místico. Los loables esfuerzos de lingüistas, antropólogos y otros sesudos investigadores, en el mejor de los casos nos dejarán entrever vagos destellos de lo que fue esa forma de expresión.

     Vuelvo ahora a Bradbury. Fahrenheit 451 me parece, más que una novela futurista, una novela sobre la historia de la humanidad. Aquellos hombres-libro que huyen desesperados a esconderse en la negrura de los montes para salvar las obras del olvido, son los poetas griegos tratando de guardar los rollos de papiro de la gran biblioteca; son los sabios chinos ocultando en su pecho las enseñanzas prohibidas; son los escribas del Anáhuac enterrando los códices de amate en templos paganos; son todos los hombres y mujeres que han amado los libros, que consideran que existen obras necesarias, las que no deben dejar de ser leídas, al menos mientras exista oxígeno en el mundo, el mismo oxígeno que hace a las personas respirar y a las llamas, arder.


2-La ilusión del lenguaje; los disfraces de la luz

Los Genjutsu son una rama de las técnicas ninja (Ninjutsu) para confundir la mente y crear espejismos. A todos nos gustaría aprender a usarlos en la gente que nos rodea. Como si pudiéramos definir qué es la realidad.

     Nada de lo que observamos es, completamente, lo que parece. La luz es la máxima Genjutsista del universo; cada noche vemos resplandecer en el firmamento la corona de astros muertos desde hace miles de años, mientras la oscuridad nos oculta enjambres de soles que no han alcanzado a mostrar su rostro. En nuestra esfera cotidiana –donde lavamos ropa, vamos por las tortillas y escribimos poemas–, las cosas no suelen ser menos ilusorias. Ni la profundidad de las palabras, ni los colores de los objetos, ni siquiera el paso del tiempo son iguales para todos.

     Así, los seres humanos hemos creado sistemas para rasgar la tela de la relatividad y “entendernos” unos a otros o, al menos, crear la ilusión del entendimiento.

     Nuestra lengua es el cincel, lo único que puede salvarnos del aislamiento.

     ¿No es el lenguaje la creación más poderosa y el más desesperado intento por expandir las posibilidades del ser? Dice Orlando White: “Sólo queremos ser escritos / tener sustancia. / Pero al lenguaje le gusta disfrazarnos”. Y, ya, en estos versos hay un grado de ilusión, porque yo los he dicho en español cuando fueron escritos en inglés; pero el poeta es diné (navajo) y seguramente pensó el poema en su lengua materna. Tenemos entonces en estas pocas líneas una sucesión de traducciones (o sea, traiciones).

     La poesía lleva al lenguaje hacia sus expresiones más puras y, a la vez, más extremas. Es, en palabras de Paul Éluard, “el derrumbe de la razón”. Sería pretensioso querer definirla, mas no puedo separarla de la belleza. Si le diera un rostro sería el de Rimbaud. ¿Qué efigie más representativa? “Yo es otro”, proclama el chamán. Conocemos la sentencia: “El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura”.

     Pero el romanticismo, dirán los escritores de mi tiempo, ya está trascendido. Creer que la belleza es el motivo universal para escribir resulta cursi, también me han dicho eso. Y de aquí, precisamente, de olvidar la belleza de la sustancia surge la devoción a la “forma”.

     Estamos en el tiempo de las formas.

     Pareciera que en el terreno del sema ya se ha experimentado con todo. Pasamos de los cantos épicos a los cantos místicos y ascéticos, y de allí a la caída en el Yo; el poeta suelta la mano de Dios para tomar la mano del Diablo, antihéroe exiliado, herido y rebelde. Hasta que el bardo se convierte él mismo en un pequeño dios, para quien han sido creadas todas las cosas bajo el sol. Luego continuará la exaltación a través del viaje, en vez de los navíos, las combis; en lugar del hachís el LSD y, finalmente, el internet.

     Truman Capote compara al escritor con un tahúr, por su pulsión de vivir al límite y jugárselo todo en una partida. Para mí, el poeta se asemeja al genjutsista en su capacidad para abrir las puertas de la mente; pero, en un proceso inverso, la poesía nos libera de las ilusiones cotidianas, mostrándonos ese mundo que subyace a la conciencia.


3. De robots, versos y acotaciones

Recuerdo un ensayo de Isaac Asimov que leí en mi adolescencia, donde se cuestionaba si las máquinas, aptas para desempeñar a la perfección cualquier tarea, nos igualarían o tal vez superarían en el terreno del Arte. ¿No podría un robot interpretar sinfonías, pintar cuadros o escribir cuentos con precisión matemática y, por lo tanto, mejor acabados de lo que los haría una persona? Asimov concluía que en este rubro jamás sustituiríamos al elemento humano, por una sencilla razón: lo que hace verdaderamente a una obra de arte es el toque de imperfección. Esa imperceptible variación del sonido, esa sutil asimetría de las formas, ese acomodo irregular de las palabras es lo que vuelve única a una pieza estética y cautiva nuestros sentidos. Los artistas, entonces, no tenemos que competir contra las máquinas, pero sí podemos valernos de ellas durante el proceso creativo.

     ¿Acaso la exploración y el juego que permite la computadora hace a los autores contemporáneos llevar una “ventaja” sobre quienes no tuvieron a su alcance más que una máquina de escribir mecánica o papel y pluma? Todo parece indicar que el uso de las herramientas tecnológicas actuales acabará con los libros impresos y con el hábito de escribir a mano.

     Pensemos en la transición entre la literatura oral y la escritura. Esta nueva forma de tecnología que permitía conservar las palabras de manera independiente de los hablantes debió de causar desconcierto, fascinación e, incluso, horror. ¿Qué clase de corrupción de la lengua era esta que volvía innecesaria la memorización?, ¿y si con el tiempo los hombres lo olvidaban todo?

     En sus orígenes la literatura era una experiencia comunitaria en la que intervenían los cinco sentidos. La sensorialidad y el gregarismo poco a poco darían paso a una lectura solitaria en la que, básicamente, el único sentido que interviene es la vista.

     Pero, así como el cinematógrafo no hizo desaparecer al teatro y los instrumentos musicales electrónicos no sustituyeron a los acústicos, la literatura oral no ha dejado de existir. Cinco mil quinientos años después de inventada la escritura, en una época en la que cada año se genera tanta información como para abastecer todas las bibliotecas del mundo, la literatura oral sobrevive, principalmente en países como México donde el sincretismo de culturas hace lindar las costumbres precolombinas con la posmodernidad.

     Obviamente el artista se vale de los medios materiales y de la cultura de su época para crear –sería absurdo aferrarse a escribir con pluma de ganso pudiendo hacerlo en computadora; los elementos de la época, como la narcocultura, inciden en nuestro vocabulario–, pero el principal recurso para la creación es y seguirá siendo el talento. El verdadero corazón de la obra palpitará en ese destello del espíritu –permítaseme usar esta palabra tan menospreciada en nuestros días– que no se adquiere –si bien puede afinarse– en ninguna escuela.

     Observo tres aspectos de cómo la tecnología puede influir en nuestro manejo de la escritura: la inmediatez de la publicación –inherente a la fugacidad–, la brevedad del texto –como en la Twitteratura– y la divulgación entre lectores diversos. Destaco el accidente, elemento de encuentro en el ciberespacio.

     Los textos se vuelven territorio volátil. Caminamos por la delgada línea entre el plagio y la apropiación. Las fronteras entre distintos géneros literarios se hacen flexibles y permeables como en la novela de Alberto Chimal, El viajero del tiempo, compuesta por microrrelatos que vieron la luz directamente en el Twitter y hasta después en papel. O el poemario Ha estado usted alguna vez en el mar del norte, de Cristina Rivera Garza, conformada por entradas de blog y cuya distribución en las páginas del libro recuerda, precisamente, el ambiente de la web.

     La escritura contemporánea permite, en muchas maneras, hacer partícipes a los lectores del acto mismo de la creación (el caso más evidente está en el Twitter), por tanto se adelgazan, también, las fronteras entre escritor y lector.

     Recodemos el impacto que tuvo el 20 de mayo de 2010, en la Feria del Libro de León, la creación del hashtag #cuentuitos, a raíz de la mesa de cuentuiteros organizada por Rivera Garza. Durante horas, el 0.02% de la producción de tuits en el mundo estuvo participando en la fiesta escritural –consideremos el porcentaje en relación a 50 millones de tuits al día.

     No sólo los diversos géneros literarios, sino las diferentes artes tienden a mezclarse, llegando a esa interdisciplinariedad de la que hablaba Piaget. Incluso, vemos traslaparse disciplinas y conocimientos antes completamente separados. Así, por ejemplo, la jerga científica, los elementos técnicos de la edición, el habla cotidiana y prácticamente cualquier cosa, se convierten en recursos para hacer el cuerpo del poema.

     La poesía, hoy, es dúctil y maleable como el estaño.


4-El futuro de la poesía

Un amigo poeta con nombre de héroe troyano, Héctor (Herrera), me ha dicho que existen los poetas de escritorio (véase, académicos) y los poetas de la calle (o sea, más autodidactas que doctos), que los primeros publican en grandes revistas aunque los segundos son los que suelen escribir obra “más contestataria o revolucionaria”. Esto da lugar a una lucha estética, algo así como rudos contra técnicos.

     Sin lugar a dudas, nunca ha sido indispensable ser Licenciados en Letras para ser poetas, aunque es innegable que todos, de una u otra manera, hemos llegado a algún tipo de taller, ya sea formal, con colegas, en grupo, en asesorías privadas y, por supuesto, el taller personal que nos suscitan nuestras propias lecturas. Nadie nace a partir de su propio ombligo (aunque muchos actúan como si así fuera). La escritura, tradicionalmente, ha sido un oficio solitario (cosa que, como apunté anteriormente, está cambiando en estos días), pero siempre ha necesitado de la retroalimentación. Y claro, la obra no estará completa mientras no se haya encontrado con el ojo lector.

     Tener un libro equivale, socialmente, a una especie de bautizo profesional como escritor. Hasta ahora, a pesar de la facilidad para realizar publicaciones electrónicas, el libro impreso mantiene cierto halo de magnificencia.

     Las herramientas de comunicación como la red Internet y la telefonía celular adquieren un carácter de Omnipresencia (en nuestros tiempos cualquiera tiene el don de la ubicuidad). Sin embargo, el consumo prevalece sobre la creatividad y el intercambio mercantil es más frecuente que el intercambio de conocimientos.

     Esto me recuerda un artículo de Augusto Monterroso, donde cuenta que su afición por la lectura “se vino contaminando con el hábito de comprar libros. Hábito que en muchos casos termina confundiéndose tristemente con el primero”. Como si una persona se volviera más culta entre más libros tiene en su casa. Razonamiento aplicable a ciertos vicios de nuestra época, como si uno se volviera mejor poeta mientras en más páginas de internet esté su nombre, o más creativo, entre más links de poesía conozca.

     Algunos escritores me han dado su punto de vista respecto a la influencia de las herramientas tecnológicas actuales en su escritura creativa. Hay quienes, como Arturo Castillo Alva, de Tampico, Tamaulipas (1946), y Edgar Valencia, de Xalapa, Veracruz (1975), no observan ningún efecto significativo.

     ¿Es la manera de dejarse influir por la tecnología una cuestión generacional?

     Veámoslo desde el punto de vista biológico. A quienes nacimos a fines de los setenta o a principios de los ochenta, nos tocó aprender primordialmente de los libros (de ahí, nuestro mayor desarrollo del hemisferio izquierdo del cerebro, encargado del lenguaje), cuando éramos niños, y ver el arribo del Internet, su rápida colocación en nuestras vidas (medio principalmente visual y que requiere mayor desarrollo del hemisferio cerebral derecho). Como crecimos en medio de la transición tecnológica tendemos a equilibrar un tanto más que otras generaciones las herramientas de ambos mundos.

    Pero, la verdad, no me gustan las etiquetas, eso de los baby boomers, la generación X o Y, porque, si bien nos dan un referente de época suelen ser incluyentes en sus descripciones, y en un país como México, donde tantas realidades convergen, antes de etiquetar tendríamos que ver el entorno cultural y el estrato socioeconómico de la persona. 

     Aquí subrayo una de las características de la Sociedad de la Información: la Desigualdad. Las bondades de la tecnología no están al mismo nivel para todos. Dado el contexto multicultural de nuestro país, y la forma en que nuestra historia ha avanzado (no de manera consecutiva, sino en etapas superpuestas a guisa de cebolla) no podemos determinar lo que identifica a cierto grupo de personas tomando en cuenta solamente su edad, sino el estrato sociocultural y la región geográfica. Ni siquiera es válido hablar de una sola “identidad” considerando la raza o la lengua. Por ejemplo, los teenek del norte de Veracruz ven –y se sienten– diferentes a los teenek de la región de Aquismón, S.L.P. ¿Cómo han de sentirse en relación a los grupos mestizos o blancos, o los alja´ib, la gente de “más allá del agua”, los que no son mexicanos, los que son extraños?

     La generalidad de los escritores a quienes he preguntado sobre la influencia de la tecnología en su obra, desde jovencitos de bachillerato interesados en escribir poesía, hasta autores de consolidada trayectoria, afirma que el principal efecto ha sido sobre su lectura y la facilidad para obtener información más que para modificar su proceso creativo.

     En mi caso sí he encontrado un efecto tangible. Escribir directamente en el papel me hace soltar la música de las palabras, su flujo continuo de fonemas y significados de una manera primitiva. En la pantalla de la computadora mi poema  adquiere un aspecto gráfico, se vuelve pintura, mapa, fotografía. Sin embargo, este aspecto lúdico no me parece el más trascendente de lo que escribo. Aunque, vale decir, la inmediatez de la publicación me ha hecho fluir en los textos de una manera más, ¿irracional?, fragmentada.

     Apenas con estas someras reflexiones, ¿podríamos aventurar una suposición de lo que ocurrirá con la poesía en el futuro? Edgar Valencia apunta: “Creo que seguirá existiendo, y los poemas también, aunque no proporcionalmente”. 

     Reneé Acosta, de Chihuahua, Chihuahua, dice: “Creo que el futuro de la literatura, como en el pasado, yace en la labor interior del escritor. Mucha gente puede conocer tu obra por internet, pero ¿cuántos pueden apreciarla? Mucha de la apreciación artística de la poesía sigue dirigiéndose en base a tendencias literarias de elites culturales, que también coinciden con elites políticas y tendencias del poder”.

     Alixia Mexa, de Ciudad Jiménez, Chihuahua: “la poesía de ayer, es la de hoy, es la de mañana; las mismas palabras con diferente creatividad”.

     Antonio Constantino, de Torreón, Coahuila: “A un escritor verdadero lo único que le importa es la poesía en sí […] El futuro de la poesía está en donde siempre, sobre los escritorios y partituras de los poetas, en ningún otro lugar”.


Epílogo

Augurarle un sitio a la poesía en el mañana es, en sí, certificar que existe ese espacio pleno de posibilidades resueltas llamado futuro. Creer que uno puede habitar ese futuro es pensar en la permanencia del Yo, pero la Historia nos ha hecho saber que la voluntad nunca se ha puesto de acuerdo con el azar. 

     Nuestra Patria parece ser el presente mismo, construyéndose a nuestro paso, desde lo más íntimo. Pero, ¿qué es el “presente”, cuánto dura, por qué nos movemos a través del tiempo? Tal vez tenía razón aquel sabio árabe cuyo nombre, por cierto, se extravió entre los archivos de mi memoria, cuando decía que el movimiento es una ilusión, una continua sucesión de instantes estáticos. En cualquier caso, todos los tiempos posibles y toda la memoria convergen aquí.





Notas

1. Referencia a Ray Bradbury.

2. En la edición de 1967, se tituló Trece poetas del mundo azteca. En 1993, el autor lo modificó añadiendo a Xayacámach de Tizatlan, enTlaxcala, y Aquiauhtzin de Ayapanco, en las inmediaciones de Amecameca. El título actual señala mejor que todos los poetas antologados, además de hablar una misma lengua, participaban en idéntica cultura.



Bibliografía

Anath Ariel de Vidas, Huastecos a pesar de todo, Breve historia del origen de las comunidades teenek (huastecas) de Tantoyuca, norte de Veracruz. México, Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos / Programa de Desarrollo Cultural de la Huasteca, 2009.

Alberto Chimal, El viajero del tiempo. Monterrey, N.L., Posdata Editores, 2011 (Col. Hormiga Iracunda).

Miguel León-Portilla. Quince poetas del mundo náhuatl. México, Diana, 1994.

Cristina Rivera Garza, Los textos del yo. México, Fondo de Cultura Económica, 2006 (Col. Letras Mexicanas).



Isaura Calderón o la Harmonía de los instantes

Ponencia presentada en Los Santos días de la Poesía, Encuentro de Escritores 2010. Padilla, Tamaulipas.

De lo clásico a la ruptura
Por Marisol Vera

Desde las tierras de allende el mar
vienen las delicias a buscarme.
Poema del Cid (1)
.
y la lluvia ruidosamente desató sus hilos
y bajó a lavar el dolor de la tierra.
Andrés Henestrosa, Los hombres que dispersó la danza



Preámbulo
He venido buscando a la mujer. El espíritu volcánico, fruta deleitosa de fuego y esperanza, como un sol que vuela y canta en albedrío. Isaura. Hasta su nombre es hermoso y musical.

Son estas páginas una tentativa de vuelo para acercarme –ha de ser mayor la travesía– a la autora de los “Cantares de amor en vilo”. Dejo aquí el primer relato, con el deseo de aportar algo a la tarea, siempre inconclusa, de reseñar a nuestros poetas.

I. Tula

Al amparo de la Sierra Madre Oriental, donde el viento y la niebla hacen su nido, rodeada por sediciosos cactos, hunde sus raíces en el tiempo la ciudad de Tula.

Si uno va hacia el norte hallará los municipios de Bustamante, Palmillas y Jaumave; al sur y oeste el estado de San Luis Potosí; al este, Jaumave y Ocampo.

En este lugar nació, “por accidente”, Carmelita, la segunda esposa de don Porfirio Díaz, quien le regaló al pueblo un reloj inglés: aún puede verse en lo alto del campanario de la vetusta parroquia.

Se juntan en la calle monótonos tañidos de campana, música norteña, ríspidos corridos y rezos de mujeres. El aire corre parejo con las memorias de los hombres, ahítos de años, que aguardan el ocaso agazapados en su propio vientre.

Tula es un mapa de espacios a punto de romperse, paredes y miradas al borde de un silencio largo. El viento se agarra de las piedras, levanta su cabeza de titán y escudriña el horizonte.

Se alzan sin arrebato ligeras nubes de polvo. “Venganza y venganza del polvo –¿no es así, señor Reyes?–, lo más viejo del mundo”.

Mil novecientos catorce. Parece ser ahora. Ha transcurrido casi un siglo. Aquí y allá me dicen: “No sabemos cuál fue su casa”.

Todo lo que sé es que en esta ciudad Isaura vio la luz por primera vez. Se mudó a Tampico siendo todavía pequeña. No llegaba ni a los diez años. Amaba solazarse bajo los árboles y oír la sinfonía del aire.

La veo de pie, sobre sus dos piernas alígeras, la pupila sorprendida ante la luna, bañada por un aguacero de estrellas. Corre, acaso, entre los matorrales, alrededor de un mezquite, cerca de un zapote. Risas, trovas y sueños. Presagios inflamados en el pecho.

La niña. La pianista. La cantora. La poeta.

Isaura.

II. La Gesta

Letra a letra, esta mujer ha de forjar su canto en el amor –a la tierra, a la vida, a Dios, a la poesía. Aun su tristeza y su nostalgia son vitales. Sabe muy bien que “los poetas viven pobres, pero sumamente ricos en espiritualidad”. (2)

Una tarde, deja el piano y toma el papel. Ha descubierto la música de las palabras y ya jamás desistirá de oírla, invocarla, tejerla.

La artista tulteca tiene ese don de las almas intemporales de reinventar la tradición. Su pasión por la literatura está ligada a su apetito por la presencia divina. Lo expresa con elegancia y fineza en una epístola dirigida al Padre González Salas –cronista de Tampico– en 1959. Ésta sería publicada en 2001, en la revista Relieves, del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes.

Señala Juan Jesús Aguilar, en un breve preámbulo a la edición de la carta, que ésta le fue obsequiada por el padre Salas en la década de los ochenta y que entonces le solicitó permiso para publicarla. “Ha llegado ese día, creo haber encontrado –sin buscar o haber perdido– el espacio adecuado para compartir ese gusto y amor por la literatura y nuestros clásicos del siglo XX”.

La epístola discurre acerca de Los hombres que dispersó la danza. No es raro que nuestra poeta se enamorase del pulso literario de Henestrosa, siendo sus imágenes de una colorida plasticidad, inocentes y salvajes, como si en esas páginas se hallase el venero mismo de los mitos.

Al acercarme al texto que Isaura no duda en llamar “Nuevo Testamento Zapoteca”, no puedo más que compartir su asombro. Al margen de la interpretación religiosa que uno quiera darle, su sentido estético gana –diría Cortázar– por knock out. Me parece oír a merced de la oscuridad, como seguramente Isaura oyó –como debieron hacerlo tantas veces los hombres del Istmo de Tehuantepec– al “ave nocturna, cuyo nombre es el significado de su grito […] ¿Paráh-guyéuh?” (3)

Conmovida por este encuentro, la poeta dice:

No sé qué voces atávicas cantan en mi dormida conciencia mejicana, levantando ecos que yacían soterrados con tanta lectura saturada de extranjerismos, de modernismo de mala ley y de hojarasca vana.

Por el garbo de su lenguaje, la limpieza de su prosa y la reserva de que su autora hace gala al describirse a sí misma –una pobre parvulilla de las letras–, esta epístola me deja un estremecimiento como el de aquella Respuesta que sor Juana dirigiera al obispo de Puebla, donde con énfasis exagerado dice: “Y yo […] que soy una ignorante”.

Los contextos de las dos cartas son muy distintos: una, del siglo XVII, es una defensa del derecho a la libertad intelectual, y la otra, casi a final del milenio, una expresión completamente abierta que no pide licencia para ser.

Un punto de similitud entre ambas mujeres –si bien es un hecho común en los artistas, hay quienes lo denotan con mayor fuerza– es el intenso amor al conocimiento.

El extasío ante el cosmos y la imposibilidad para aprehender todas las sensaciones e ideas que le suscita, se revela cuando Isaura dice: “Y en la fantasía que ha olvidado sus vuelos, se ensayan, torpes, las alas, algunas imágenes y espejismos que no acierto a expresar como querría”.

Una década más tarde, en “Ahí queda mi huella” (Parábolas del viento, 1970), ensayará la posibilidad de contemplarlo todo, cuando su alma de más allá del sueño / regresa alucinada y trae / cristalizado el vuelo / en cósmicas señales […]

La alusión al viaje espiritual, por supuesto, la hallamos en sor Juana. En su poema más personal relata que su alma había llegado a lo alto de la pirámide mental y la mirada tendió por todo lo creado, cuyo inmenso agregado, / cúmulo incomprehensible, / aunque a la vista quiso manifiesto / dar señas de posible, / a la comprensión no.

Un referente más antiguo es Dante. Cuando el poeta asiste a “la profunda y clara subsistencia de la alta luz” intenta comprender la divina geometría, que contiene todo cuanto hay esparcido por el universo ligado con vínculos de amor, pero, dice: “no alcanzaban a tanto mis propias alas”. (4)

Isaura, en cambio, nos revela: "Ante mis alas / ya todas las barreras caen". ¿Puede referirnos lo que ha visto? En “Cantarcillos del amor en vilo” (Amor… su paraíso y su nostalgia, 1975) manifiesta la sed de las palabras: "¿Qué cuerda falta a mi lira? / ¿Por qué me rompe en silencio / la música que a torrentes / me bulle dentro del pecho? / Lo que me aflora a los labios / no es ni siquiera el eco."

Este anhelo por aprehender la belleza del Universo, de abrir las puertas que conducen al Altísimo Venero –eje y sustento de sus letras–, en los poemas que rozan la finitud de su vida ha de ser más intenso, a ratos sombrío porque, gime la poeta: ni el alma tengo ya, de añadidura.

Avenida con la espiritualidad henestrosiana, dice en su epístola al Presbítero:

aparte de poesía, música y Fe –una Fe primitiva, fuerte, y al mismo tiempo candorosa–, hay en este libro tan bello algo familiar y no obstante, remoto que conmueve y avoca oscuras cosas que yacen en las raíces profundas del ser creyente, del niño que fuimos y del descendiente que somos de algún indio triste, que en la remota noche de los Tiempos, adoró al sol y a la lluvia y tembló de pavor ante todo lo que desconocía. Pero superponiéndose a todo eso, queda el encantamiento que su lectura suscita y deja una inquietud latente que pide más.

Hago mía la reflexión de Chumacero al reseñar al escritor zapoteca: también en la voz de Isaura “triunfa la huella de lo humano”.

III. Harmonías

Aun lejos del piano, Isaura nunca deja de hacer música. Es su pluma cartógrafa de un rico mundo interior, pleno de ríos, valles y montañas –los del paisaje tamaulipeco y los de su propia alma.

Su obra poética sale a la luz pública en el periódico El mundo, de Tampico, y en Abside y Cuadernos de Bellas Artes, de la Ciudad de México.

Los versos de su primer poemario (Tal como tiembla el agua, 1963) se ofrecen a la página con la frescura de la inocencia reencontrada:

Rozome con sus alas el misterio
y me tocó en el alma
que desplazó sus círculos concéntricos
tal como tiembla el agua…


Sus letras fluyen como un manantial. Se anuncia la huella del Cielo sobre las aguas. Es la ribera del lago su misma piel –o la mía:

Se anuda en mi garganta lo inefable
y sólo sé temblar:
¿Qué pudo hacer antaño el Tiberiades,
qué más que sosegar?...

En este mismo año, José María Fernández Nieto comenta la obra de Isaura Calderón “cuyos versos respiran una formación clásica, pero participando de la evolución expresiva de la mejor poesía moderna”. (5)

Dos años después se publica Ha de venir un alba. En el índice bibliográfico del Diario Los Principios de Córdoba (Argentina, 1965), Efraín Bischoff refiere: “Versos impecables, clásicos en la forma, pero bien modernos en el buen sentido de la metáfora original y profunda”. (6)

Es el trazo poético que nos ocupa, profundamente simbólico. Y qué imagen más evocadora que una rosa. La celebró Bécquer en aquella leyenda de Toledo: la hermosa doncella de cuyo cadáver brota la flor. De ella habló Villaurrutia, la negra rosa de carbón diamante. ¿No lo dijo bien Huidobro? Hacedla florecer en el poema.

Isaura retoma la efigie:

Vestida de sí misma y de su aliento
–un pétalo sobre otro, esplendorosa–,
de sólo su esplendor brota la rosa,
un símbolo su eterno advenimiento;

Y en la línea de la tradición de López Velarde, –como diría Peña Loza– calando hasta la entraña viva de su provincia, surgen, bizarros, los “Cantares de amor en vilo”:

Tamaulipas, tierra mía
que tus términos dilatas
desde áridas fronteras
donde el Bravo moja espaldas
hasta el mar que canta y besa
ebrio de amores tus plantas.

IV. Y la ruptura

“Patria de lejos, mapa, mapa de nunca. Porque el ayer es nunca y el mañana mañana”. Este atisbo de Cortázar, recientemente salvado del olvido, bien retrata el siglo que le sucedería.

Los jóvenes de este tiempo ya nacimos desterrados.

El lenguaje, propiamente, se rompe. Es otro.

¿Mas, no es la ruptura de una época, tradición de la siguiente? Ya en los sesenta del siglo pasado, Pizarnik aborda el tema en su artículo “Una tradición de la ruptura” (7). Contrario a la idea de nuestros profesores de primaria, que describen a López Velarde como escritor “pintoresco”, Alejandra ve en él a un poeta con aguda conciencia de nuestra falta de ser y de que “la realidad verdadera no se nos manifiesta casi nunca, excepto en los instantes privilegiados”. Menciona como un acierto del jerezano el “remontarse a la raíz de las palabras desprestigiadas por el excesivo uso con el fin de rescatar su antigua pureza”, esto contribuye a que muchos de sus poemas “continúen siendo presencias vivas de gran hermosura”.

Me parece que estos razonamientos pueden aplicarse a la obra de Isaura Calderón: en la segunda mitad del siglo XX busca rescatar la pureza de la forma, tantas veces zaherida por aquellos que creen que todo lo que rima es clásico. También ella es consciente de nuestra falta de ser –bien podríamos ser reyes soñando en una celda o prisioneros que sueñan un lecho de seda.

En 1990, cuando sale a la luz Soledad en llamas, tiene 76 años. Acaso el batir de alas de sus poemas deja entrever, en lienzos de sombra, aquel desplome de ángeles caídos, el vértigo frente a la corriente inaprensible de la eternidad, porque su espíritu:

Por el túnel del tronco
se aventura,
más, a ciegas, no sabe qué será lo que lleva
¿el fulgor de la rosa, o simplemente hierba?

¿Seguiremos arañando los espejos? A menudo se empolvan nuestras voces en incógnitos libreros, cuando no se dispersan en el abismo de los días.

En esta sociedad materialista, orbe de violencias y desencantos, la poesía de Isaura Calderón revitaliza el viaje espiritual.

Epílogo

Qué puedo decir yo. Me he acercado a la mujer a través de sus letras. De su mano he visto dormir a la Sierra y cantar al Atlántico. Y arder galaxias de nostalgia.

Si lo inmutable permanece, su alma, fruta fértil, boga para siempre en el río del tiempo: ha despertado del sueño de la vida.

[Tula de Tamaulipas, marzo de 2010]

.
.
NOTAS

(1) Versión en prosa de Alfonso Reyes, según el texto antiguo preparado por Ramón Menéndez Pidal.
(2) Frase tomada de una nota de prensa de 1976, facilitada por la Secretaría de Turismo de Tula, Tamaulipas. Se ha extraviado el nombre de la publicación.
(3) Paráh-guyéuh, “Dónde fuiste”, en lengua zapoteca.
(4) Se ha tomado como base la versión castellana, prosificada, de La Divina Comedia, publicada por la editorial Porrúa en 1974.
(5) Citado originalmente en la revista de poesía y crítica editada en Palencia de Castilla, España (número 39, página 25, 1963).
(6) Citado por Juan Fidel Zorrilla, director del Instituto de Investigaciones Históricas de la UAT, en el prólogo al libro Antología menor, 1978.
(7) Publicado originalmente en La Nación, Buenos Aires, 26 de noviembre de 1966. El artículo comenta y amplía las observaciones de Paz hechas en el compendio de ensayos Cuadrivio.


FUENTES CONSULTADAS

Alighieri, Dante. La Divina Comedia / La vida nueva. Introducción y comentario de Francisco Montes de Oca. Porrúa, Sepan Cuántos. México, D.F., 1974.
Calderón Isaura. Soledad en llamas. Gobierno de Tamaulipas, Instituto Tamaulipeco de Cultura. Cd. Victoria, Tamaulipas, 1990.
Calderón Isaura. Antología menor. Instituto de Investigaciones Históricas-UAT. 1978.
Cortázar, Julio. Papeles inesperados. Alfaguara. México, 2009.
De la Cruz, sor Juana Inés. Primero sueño y otros textos. Posada-Océano. Buenos Aires, Argentina, 1998.
Diccionario de escritores mexicanos siglo XX. Tomo I. México, Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Filológicas. Centro de Estudios Literarios, 1988.
González Salas, Carlos. Tampico es lo azul. Miguel Ángel Porrúa. México, D.F. 2006
Henestrosa, Andrés. Los hombres que dispersó la danza. CONACULTA-INBA. Edición Conmemorativa. México, D.F., 2006.
Pizarnik, Alejandra. Prosa completa. Lumen. Palabra en el tiempo. Barcelona, 2002.
Revista Relieves. Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes. Año 1. No. extraordinario. 2001.
Sosa Reyna, Nohemí. Poetas tamaulipecas del siglo XX. ITCA. Colección Antologías y Homenajes. Tamaulipas, 2000.


AGRADECIMIENTOS

Al Prof. Salvador Piña Miranda, director de turismo de la ciudad de Tula de Tamaulipas; a la Lic. Sara Uribe, directora del Archivo Histórico de Tampico, y a la Dra. Ana Elena Díaz Alejo, por facilitarme valiosa información, sin la cual no habría sido posible este ensayo.
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a manera de ready-made o donde las miradas convergen

Texto leído durante la presentación de la antología Letras en el Estuario, compilada por Ramiro Rodríguez. Tampico, Tamaulipas. 26 de noviembre de 2009.
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I.
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El mar segregado del mundo, colocado en una vitrina para que lo contemplen los peces. La desembocadura lista para llenarse de palabras. Sube la marea desde los reinos absolutos de Posidón.

El objeto vacío.

Toda literatura es un ensayo del Silencio. Un caudal por donde la tinta penetra al encenderse las luces del Poema.

Aestuarium. Animación de los vocablos. Abertura de los signos. Lo que se derrama. Ciclo intermitente. Que jamás.

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II.
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El libro es, ahora, un lugar de paso. Una peña o un acantilado. El libro es un cuerpo lleno de cicatrices. Cada hombre ha traído su propio escalpelo. Rasga la hoja.

“Seríamos el silencio” dirá una página de arcilla arenosa.

Voy a dejar el libro, vertical, sobre la mesa como si fuese una rueda de bicicleta.

Algo se aproxima desde la memoria de otro. De otros. No el galápago de grecas doradas. No la lluvia.

Un reflejo. Un golpe.

El Libro.

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III.
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Carlos Acosta arponea El Libro con sentencias de animales cíclicos. Voy a su espiral de luz cayéndome de los balcones del tiempo a otros balcones cubiertos de clavos y vidrio. Pero no mientras leo su poema, mientras lo recuerdo a él leyendo su poema. Mientras el poema crece igual que una espiga en mis ojos. “Vamos y volvemos al origen de lo eterno”. Dice. Y una pintura se abre donde el cuerpo tiene olor a almendras: Alejandro Rosales dibuja en un lienzo de caricias los hombros de seda de la amada, la luz gris del invierno que se entrelaza con cadencias de río. Es un hombre que vive entre montañas y sueña con la mar. Su alma es de agua densa, coronada por un beso de sirenas: aquellas que tentaron a Odiseo, con cabeza de ave, y también las mujeres-pez cuyo torso desnudo humedece los otoños.

Entre gemidos de cañaveral, Antonio Quintero lame los límites gozosos de ese páramo tristísimo que es la vida. Voy de su Estío al Paraíso. Hay insectos horadando mi piel. Su piel (nuestra). Todo en sus letras parece cantar y quejarse y volver al vientre de la noche.

Raquel Rodríguez amanece en las Bahías: arrullo de ola / salado vaivén / Pleno Sol / sobre / la / espuma. Hace invocaciones desde mi balcón. El verso ligero y sibilante en los arenales.
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Celeste Alba no hurga en las calles de la ciudad ni en los bosques de ala espesa ni en la bóveda de soles, no. Escarba su propia carne para tomar en sus manos una estrella.
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“Seríamos el polvo del parto de la tierra” dirá la mujer hecha de greda y salitre.
La mujer libro. La mujer Ardalani.

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IV.
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El Libro es, también, espacio para las legiones. ¿Qué las unifica o separa? “Hay veces que el decir nos bifurca” dirá Lidia Díaz frente a su espejo (o el mío). Un dulzor de mezquite marchito. ¿Qué es lo que no saben los pájaros?, ¿lo que se anuncia y nadie atisba?

En todo caso, hay el deseo de transfigurar.

¿Qué son los nombres desprendidos de su reflejo?

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V.
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Pero
jamás con la cabeza en un horno de cocina. Ni frente a una bala que cruza un campo de trigo con cuervos. Ni en el fondo de las aguas, con piedras en los bolsillos.

A palos, golpeada, en un día sin recuerdos. Sacudida por una corriente alterna.

“Todas las muertes son una lluvia” exclama el cantor. ¿De veras, Federico, hay muertes discretas?

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VI.
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Lo que unifica las voces de El Libro es la sed. El cauce por donde habrán de hacerse paso los buscadores de tesoros. Dieciséis nombres.

Ramiro Rodríguez convoca a la (re)creación de la Palabra en el Estuario. ¿La cosmogonía? El buceador ha despejado el afluente de páginas para que cada quien ice su velamen. Él mismo se ha embarcado hacia la Isla (toda literatura es un laberinto). ¿Llegará?

Aquí, hay lances ficticios. Una secuencia narrativa se hilvana desde la ironía. Lo cotidiano persigue la epopeya. El diálogo interior.

No la certidumbre, sino nuevas búsquedas, han de hacer girar El Libro sobre su eje. Seamos, entonces, lectores.

el sentido de la Educación

Ensayo presentado durante el Diplomado en Docencia. Maestría en Educación. Universidad de las Naciones. Octubre de 2009.
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I. De la ficción a la realidad: la máquina humana
Marisol Vera

En su cuento “se puede evitar el conflicto” –escrito a mediados del siglo pasado– Isaac Asimov plantea la inquietante posibilidad de que la red interconectada de máquinas encargadas de administrar la Tierra se “da cuenta”, siguiendo los dictados de la lógica, de que los seres humanos son peligrosos para sí mismos y, por lo tanto, no se les debe fiar el control de su propia existencia. Así, las computadoras toman la iniciativa de manejar los asuntos relacionados con el sustento de la humanidad. Este mismo autor, en otros relatos, habla de robots que, de algún modo, se hacen conscientes de sí mismos: cutie, un autómata encargado de manejar los controles en una base espacial, comienza a hacer indagaciones metafísicas, y Elvex, un prototipo con cerebro positrónico basado en la geometría fractal, tiene sueños durante las noches –debido a ello la robopsicóloga Susan Calvin y su joven colega, Rash, descubren que en la mente de los robots hay una capa inconsciente, igual que en los hombres.

Hablar del aparato psíquico de los robots en una época en que ni siquiera se había inventado la primera computadora personal, resultaba para la mayoría de los lectores un simple tema de ciencia ficción. Otro tanto pudo haberse pensado de Farenheith 451, de Bradbury –popularizado también en los años cincuenta del siglo XX– que planteaba una sociedad futurista enajenada por el entretenimiento descorazonado de los medios masivos de comunicación.

En los setenta, Stephen Hawking hacía énfasis en la gran necesidad de educar a las masas en el conocimiento científico, y dirigía sus expectativas, como muchos teóricos durante aquellos años, en el poder educativo de la televisión. Dicha promesa poco a poco fue desplazada por la desilusión ante la anarquía, la violencia y el enajenamiento –no privativas de nuestro tiempo, pero que, sin duda, van alcanzado dimensiones insospechadas– en las que, justamente, el entorno televisivo ha jugado un papel esencial. El vertiginoso avance tecnológico no corre paralelo a nuestro desarrollo emocional y espiritual –las constantes guerras y hambrunas en el planeta lo confirman. Pero aún hay sitio en la mente de las personas, en cierto sentido similar a como sucedió hace más de tres décadas, para depositar grandes esperanzas en la tecnología.
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II. El enfoque de las teorías del aprendizaje y el sistema de competencias

Los diversos teóricos del aprendizaje, desde Watson, que pretende que todo hombre es susceptible de convertirse en un delincuente o en un ciudadano modelo, hasta Vygotsky –apoyado en el materialismo histórico– que considera imprescindible escribir la historia de la evolución cultural del niño, exponen un enfoque esencialmente optimista del desarrollo humano: la conducta no es algo dado en nuestro organismo, sino que se forma en relación con el ambiente, por lo tanto es posible aprender a construir un mundo mejor que éste.

Dos reflexiones se hacen pertinentes. La primera tiene que ver con los recientes avances en el estudio del genoma. Esos pequeñísimos libros celulares, donde están escritos los programas que nos configuran, parecen tener mucha más inferencia en nuestra conducta de lo que nos gustaría aceptar. Todo apunta a que el ambiente no es tan determinante como se creía en el siglo pasado, si bien funciona como un catalizador o inhibidor de las tendencias naturales subyacentes en cada individuo. Estamos considerando, entonces, una naturaleza individual que tarde o temprano, como una marea, se manifiesta en la corriente cotidiana. Esto podría llevarnos a una conclusión fatalista: somos regidos por un conglomerado de fuerzas misteriosas a las que no podemos oponernos –un tanto a la manera del universo Kafkiano. Pero la ciencia puede, precisamente, develar parte del misterio: traducir los complejos códigos de nuestras células y manipularlos, idea que por cierto, no es nueva, sin embargo jamás se tuvo verdaderas posibilidades de aplicarla como en la actualidad.

El enigma que acabamos de apuntar no ha de resolverse por completo. Quizá los genetistas lleguen a diseñar embriones “perfectos” mas nunca podrán explicarnos cabalmente qué es la Vida. Sería conveniente detenerse aquí a revisar los contenidos de la teoría de las Inteligencias Múltiples, de Howard Gardner, y su relación con la genética.

La segunda reflexión se refiere a la aplicación del Sistema de Competencias dentro del marco de la nación mexicana. A cualquier observador le saltan a la vista las incongruencias entre el propósito de desarrollar las habilidades del pensamiento –al nivel de las grandes potencias industriales– y el panorama real de un país donde el 75% de sus habitantes laboralmente activos no ha concluido la educación media superior y el promedio de lectura es de medio libro al año. A esto añadimos la gran cantidad de zonas marginadas en las que no sólo no se satisfacen las necesidades educativas de la población, sino que no se tienen las condiciones básicas de vivienda, higiene y alimentación.

El Sistema de Competencias insiste en fomentar las actitudes positivas, la autoestima y la capacidad de análisis en los alumnos (en todos los niveles escolares). Sin embargo, el énfasis es cada vez menor en las asignaturas del área de humanidades en pro de aquellas de carácter técnico, sin soslayar los recortes que se le han hecho a los capítulos de nuestra Historia Nacional. ¿En qué van a sustentar su identidad y su sentido crítico los niños y jóvenes desarraigados de su raíz histórica, y al margen de una formación sensible?

La tarea del docente mexicano es, en el sentido más amplio, titánica. Deberá apropiarse de una labor intelectual que lleve a los estudiantes a comprender el valor intrínseco de la Educación, punto de partida para la reestructuración social, política y económica de nuestro país. ¿Somos capaces de asumir este compromiso?
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repoblación de la memoria

La revista de arte y cultura Anábasis, profundidad infinita, nació en el puerto de Tampico a fines de 2006. Los dos primeros números se editaron de manera independiente. La tercera entrega (número 1 de la segunda temporada) contó con la beca del Consejo Ciudadano para el Desarrollo Cultural de Tampico (2008). La travesía fue corta, con dignidad y belleza. Agradezco infinitamente a todos los artistas que, en los tres viajes, fueron parte de los espíritus peregrinos.
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Anábasis: texto de Sara Uribe, leído durante la presentación de la revista
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Trazar una ciudad es trazar un lenguaje. Toda ciudad es memoria acumulada en calles y esquinas, en edificios y plazas, en la penumbra de las siluetas o los rostros de quienes nos miran desde esas fotografías antiguas, imágenes permeadas por la humedad que no hacen sino atestiguar que alguna vez ahí, donde ahora lo otro, la distancia, ese tiempo intraducible. Toda memoria es viaje, trayecto que hacemos de los hechos o las cosas hacia las palabras, hacia la construcción de significados. Por eso la arquitectura del recuerdo es siempre ambigua, interpretativa: hermenéutica; lo que erigimos en torno a un suceso es siempre un hito personal, la crónica particular de nuestras vidas, sin embargo, de forma sincrónica, ese recuento de lo vivido al interior se encuentra vinculado de manera indeleble a uno más grande y colectivo, al que da cuenta del paso del tiempo en una urbe, al que nos convierte en engranaje de la urdimbre citadina.

Decir que la ciudad es el lenguaje de la memoria y la memoria navegación hacia uno mismo, no quiere decir otra cosa, sino que somos seres bifurcados entre lo efímero y lo permanente, entre el irse y el quedarse, entre la cornisa y el abismo. Todos tenemos la necesidad de alejarnos, dejar de ser, para ejercer luego la posibilidad del retorno. De ahí la anábasis. Esa travesía de las costas hacia el interior. Esa separación onírico-temporal entre alma y cuerpo. Esa ausencia del exilio que toda migración supone. Ese brumoso velo de una presencia paralela.

La anábasis que nos ofrece la propuesta editorial que esta noche se presenta, nos conduce, entre otras cosas, a evocar, a reinventar, a explorar los artificios de la memoria del Puerto que habitamos. De ahí la noción de repoblación, ese hacer nuestra la ciudad a través de la apropiación que el arte ejerce sobre la realidad. A eso es a lo que nos invita Anábasis, publicación cuatrimestral de treinta y dos páginas, que incluye diversos géneros literarios como ensayo, cuento, poesía, entrevista y reseña, además de su fotografía e ilustración. Su apuesta, al menos en este primer número de su segundo año, tiene que ver con una pregunta, con una invitación o en todo caso una provocación a que el lector sea capaz de edificar su propia versión de los hechos. Tú eres el cartógrafo, nos interpela Anábasis, para luego a bocajarro lanzarnos el siguiente cuestionamiento ¿Deseas reinventar Tampico?

Pero miremos bien, leamos entre líneas, no es ésta una interrogación simple o una proposición anodina, mucho menos si la complementamos con la pregunta con que Carlos del Castillo abre su texto ensayístico titulado Damero, cito: ¿Somos el lugar que habitamos? No es una cuestión sencilla, insisto, porque de contestar afirmativamente ambas preguntas, se deduce que reinventar Tampico, implica reinventarnos a nosotros mismos, y quién, seamos honestos, acepta así, de buenas a primeras, reinventarse, desdecirse, reconstruirse, es decir, dejar de ser para ser otro. El riesgo, eso es lo que me parece más atrayente de esta incitación a dos voces, el riesgo del que se embarca incierto, ese no saber hacia dónde nos conducirá la autopoiesis.

La apuesta indiscutible es por el viaje, por ello Anábasis consigue una coherencia tanto en su unidad temática y como en su propuesta visual. Travesía geográfica, onírica, histórica y existencial, en sus textos, Anábasis crea y recrea puentes hacia la evocación y la nostalgia por el pasado perdido, pero también por un futuro que se vislumbra apenas entre claroscuros.

Como parte de los aciertos editoriales de Anábasis, me gustaría señalar la pertinente selección de los escritores invitados, así como de sus textos. Una luz, un parpadeo / un invisible reflejo en los espejos ausentes, son estos versos de la Primera evocación, Lope de Vega 510, poema de Thelma Nava donde el instante suspendido en la memoria es ese edificio desierto inmune al tránsito de los relojes, ese lugar que refulge por inamovible, por incorruptible, por etéreo.

En abril la mar está siempre picada, así comienza Julio Pesina su cuento Variaciones sobre una canción de Luis Miguel. Aquí el viaje es hacia una playa, que bien podría ser la nuestra. Palapas, arena y cervezas, el pregón de los vendedores, bañistas que entran y salen del mar, gente que duerme o se hace un tatuaje, tríos norteños que entonan corridos y al fondo la bandera que indica qué tan picada está la mar. Aquí el viaje es con un humor que escuece como sol tampiqueño en la piel, característico del buen Pesina.
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Otro acierto de Anábasis es la multidisciplinaria reunión de creadores tampiqueños en torno a la entrevista titulada ¿Cuándo comenzó Tampico? Cito un fragmento de la introducción a la misma: Cuando un artista narra sus encuentros personales con su ciudad está hablando también de los hallazgos de los otros, de la proximidad y de la lejanía, del ahora y del ayer. De ahí la importancia de escuchar las voces, de atisbar en las miradas acuciosas de creadores como Arturo Castillo Alva, Jorge Yapur, Marco Antonio Huerta, Sandra Muñoz y Cresenciano Silva (mejor conocido como Don Chanito, del Trío Alegría Huasteca).

El Tampico personal, el de la memoria o la ficción de estos creadores puede ser, cito a Arturo Castillo Alva: un pequeño pueblo, sucio, caluroso, sitiado por el agua y por lo mismo aislado, a donde nunca podrá llegar el dorado barco del futuro. Pero también, cito a Marco Antonio Huerta: la herrumbre de puentes en desuso / el frente habitual del huracán / el lamento largo de los trenes y el saludo de los barcos a lo lejos / el chapo, que ya casi no, pero persiste / un viaje de regreso a una ciudad que ya no existe / la luz que sólo he visto aquí caer de esa manera.

Ese preguntar de Anábasis a los creadores artísticos nos deja a los lectores sus respuestas y sus dudas, pero también la oportunidad de preguntarnos a nosotros mismos: ¿Cuál es el Tampico más lejano que habita tu memoria? ¿Qué fragmento de Tampico jamás se desprende de ti? ¿Hacia dónde te conduce la palabra Tampico? Si tu fueses una fotografía de Tampico ¿qué rostro tendrías?
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Este preguntar y responde sobre Tampico, me recordó a su vez, otra publicación literaria editada en el Puerto hace ya más de una década y dirigida por Gastón Alejandro Martínez. Se trata de la revista El Bagre, que en marzo-abril de 1997, tituló su número dieciséis: Como una Venecia, Tampico, entre el olvido y la memoria. Dicho ejemplar reunía en torno a esta temática, las voces de historiadores, escritores y pintores, entre los cuales convendría destacar a Gloria Gómez, Juan Jesús Aguilar, Arturo Castillo Alva, Jorge Yapur, Arturo Medellín y Carlos González Salas, entre otros.

Fue de éste último en particular, del padre Carlos González Salas, Cronista Vitalicio de nuestra ciudad, de quien al leer la entrevista de Anábasis, evoqué un texto titulado Los fragmentos de una crónica de la memoria. Me parece importante citar aquí algunas de sus líneas, primero por tratarse de la escritura de quien nos ha referido la memoria de nuestra ciudad con mayor rigor, ahínco y generosidad; segundo, para efectuar una suerte de vaso comunicante entre aquélla y ésta publicación cuyos editores decidieron abordar el tema de Tampico a través de la memoria; y tercero, porque lo considero un fragmento de una gran belleza nostálgica; cito al Cronista Vitalicio: Mi infancia en el puerto, los días infantiles que se llenaron de pequeñas alegrías y pequeñas penas, de ires y venires, de sucedidos al parecer sin importancia, constituyen aquella isla de oro y luz inmarcesibles sumergida en el fondo del mar de la conciencia. He buceado en ese mar para rescatar tesoros olvidados entre algas marinas, en la corriente espesa del tiempo. Enlazados a la existencia y palpitaciones de esta mi natal ciudad de Tampico, juegos, sitios, rostros, aconteceres, fragmentos de una microhistoria que allí está, dormida en el pasado íntimo y que es necesario rescatar en fragmentos con miras a fabricar una crónica urbana del recuerdo.

Las imágenes del pasado son indispensables cuando de fabricar una crónica urbana del recuerdo se trata. Por ello considero también un acierto la inclusión de fotografías del Tampico antiguo para acompañar la entrevista antes citada. Tengo la fortuna de que parte de mi trabajo consista en estar contacto con esta clase de imágenes precisamente, pero no deja de asombrarme, y para ser precisa, no quiero que deje de asombrarme, el hecho de poder, a través de la fotografía, mirar desde nuestro siglo, desde nuestro tiempo, la imagen de un Tampico que fue de otros y que ahora nuestro. Ese Tampico en blanco y negro, con rostro a veces borroso, difuminado por la humedad y el polvo. Ese Tampico estático, robado al devenir. Me asombra pensar en esas siluetas que aparecen en las fotografías, en las personas que fueron y que ahora sólo ahí, en pequeños trozos de papel, en píxeles anónimos. Me asombra pensar que somos nosotros los que hoy caminamos esas calles, los que entramos al edificio de Hacienda, al Hotel Inglaterra, al edificio del ahora DIF, los que caminamos frente a Correos y Telégrafos, los que damos vuelta en cada una de esas esquinas del tiempo.

El último acierto de Anábasis al que haré mención, se refiere a su ilustración integrada por cinco tintas chinas de la pintora Angélica Gallegos. Conozco la obra de Angélica, al menos desde la primera exposición a la que asistí, Parasitismo Accidental, hasta la más reciente y última en Tampico, Paisaje y traducción. La obra de Angélica Gallegos, se distingue por ofrecer siempre una propuesta que provoca una cierta inquietud en el espectador, una suerte de desasosiego que lo conduce a la conciencia de la ruptura y a la resignificación de su entorno. Hablo de ese trazar a un mismo tiempo las entrañas y los bordes de las cosas; de ese decir entre la vigilia y lo onírico, entre el inconsciente y la voluntad, entre el pragmatismo y la utopía.

Las cinco tintas chinas que ilustran esta revista y forman parte de la exposición Paisaje y Traducción, están unidas por hilo conductor tanto formal como temático. La Lluvia negra y Los Pescadores, nos ofrecen imágenes cotidianas del Puerto transcritas desde una mirada que testifica y advierte: agua y riberas, lagunas y edificios, naturaleza y constructo. Por otra parte, en Limítrofe y Líneas arbóreas, la artista traza la distancia o la proximidad de las raíces, la urdimbre entre la pertenencia y las fronteras; el adentro y el afuera son instancias que se bifurcan y se confunden, pero en todo caso, nos conducen siempre a la evocación de las sombras, a una noción de búsqueda, traducción de lo que estamos siendo.

Reitero que es un acierto la inclusión de la obra de Angélica Gallegos en este primer número de Anábasis, no sólo porque temáticamente alude al Puerto, sino también porque considero que entre los artistas plásticos jóvenes de nuestra ciudad, la obra de Angélica se distingue y sobresale, por mucho, debido a la calidad y originalidad de su propuesta, pero sobre todo, al constante dinamismo y la capacidad autocrítica de su autora.

Ahora bien, creo que la mayoría de ustedes conoce la obra y quehaceres, de los responsables de los aciertos editoriales hasta aquí mencionados: Marisol Vera y Carlos del Castillo, los artífices de Anábasis. Un viaje emprendido por ellos hace ya tres años los conduce hoy al puerto de esta nueva publicación, y mi deseo, como lectora, es que su travesía sea larga y llena de vicisitudes editoriales que los hagan más expertos, más críticos y exigentes consigo mismos, más anhelantes de nuevos retos y aventuras. No les deseo atajos ni caminos fáciles, porque no suelen ser así los traslados cuando se trata de viajes que puedan llamarse periplos, y lo que yo le deseo a Anábasis es un largo periplo no sólo en el Puerto sino hasta donde la fuerza de su lenguaje y sus palabras los interne.

Quienes han seguido la historia de las publicaciones literarias en Tampico, estarán conscientes de que todas ellas tienen un cierto periodo vital. Nacen, se distribuyen y mueren. La esperanza o al menos el consuelo, es que durante ese trayecto, alguna de ellas haya tenido la suerte de encontrar un par de ojos lectores. Las revistas literarias, como todo, como todos, están más bien destinadas a morir más temprano que tarde. Ya se saben las causas: la escasez de recursos, de lectores e incluso de colaboradores que nutran sus páginas con textos inéditos. Pero creo que a quienes les interesa y son capaces de editar y publicar una revista, ese hecho poco les importa, quizá por la misma razón que todos nosotros, aunque sabemos que somos mortales y estamos ontológicamente condenados a la finitud, nos empeñamos en disfrutar lo efímero de nuestra existencia, mientras dure.

Anábasis circulará sin aranceles en esta ciudad, que a decir de Carlos del Castillo se muestra a veces como esa bestia de nubes rojas en la refinería, el manglar muerto de la laguna, el moho, la mancha negra de los edificios del centro, la inundación / ese frescor de humedad que expele el frío / El Habitar entre aguas / El silencio imaginario de la sal.

No me cabe la menor duda, trazar un lenguaje es trazar una ciudad. Seamos a través de Anábasis, los repobladores de la memoria de un Tampico reinventado, propio.
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Tex.
Bienvenida, a cargo del equipo editorial
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En noviembre de 2006 un grupo de jóvenes artistas emprendimos, en el corazón de Tampico, un sueño de anábasis, una expedición al mundo del espíritu. A través de 16 páginas, con un selecto bagaje de ensayo y poesía, cruzamos “Las fronteras del sueño” para llegar a nuestro ignoto destino: el ojo lector. En enero de 2007 “Otro espejo de la realidad” nos vio peregrinar nuevamente por los senderos de la imaginación. 32 páginas fueron el marco donde la Letra grabó sus imágenes, delicadas orlas de espuma en que flotaban incisivos peces de tinta.

Esas dos ediciones fueron el fruto de una idea madurada en las postrimerías del verano de 2006. Integramos la columna vertebral de la revista Marisol Vera, compulsiva pluma forjada en el Seminario de Escritores Argos; Carlos del Castillo, novísimo escritor que recientemente se había incorporado a las voces literarias del puerto; Mariel Martínez, radiante saeta que ya perfilaba un lance profesional; Iris Arvizu, teatrista de lúdicas ensoñaciones, y Sergio Ceja, músico y compositor autodidacta.

Nuestra segunda entrega se enriqueció con cuento y entrevista, y se añadieron, como invitados, otros autores.

A dos años de distancia de aquellos viajes tomamos de nuevo la brújula y el catalejo y, abandonando el cuerpo en el silencioso humus, permitimos que el alma se mueva libremente por las rutas del pensamiento y la fantasía.

En el cumplimiento de uno de los principales objetivos de todo gobierno, promover la cultura y proyectar a sus artistas, el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, a través del R. Ayuntamiento de Tampico y el Programa para el Desarrollo Cultural Municipal, ha subsidiado el primer número de Anábasis, profundidad infinita, en su segunda temporada, mismo que ahora tienes en tus manos.

Mantenemos firme nuestra visión original, abrir una puerta a los creadores locales, especialmente a las nuevas generaciones: poetas, músicos, teatristas, escritores, artistas plásticos y todo espíritu sensible que pueda aportar algo valioso a esta quijotesca empresa.

Bienvenido, lector, a las páginas de Anábasis, profundidad infinita. Te invitamos a beberte sus letras, cada cuatro meses, a través de las puertas córneas del Sueño.
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Un mapa silencioso de Tampico: mensaje editorial, por Marisol Vera
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Abrimos las páginas de Tampico porque nos gusta como retumba su nombre, húmedo y turquesa, en la ribera de nuestros labios. Escribimos sobre este puerto que nos vio nacer o que, por el afán de un hado misterioso, nos adoptó en alguna hora extraviada, porque sus plazas, camellones y gatos le cuentan al Atlántico encantadoras y sórdidas historias de mundos subterráneos.

Mientras tus ojos arponean este breve texto, los espíritus viajeros vamos navegando, letra a letra, los pensamientos de los barcos apolillados, de las esquivas ratas, de las nubes hinchadas de fuego, de los ebrios y las doncellas que abrazan la tempestad.

No es éste un nostálgico y apasionado intento por “rescatar la cultura”. El Tiempo y la Naturaleza no necesitan nuestros favores. La cultura está viva siempre. Somos nosotros quienes morimos por dentro al darle la espalda.

Podemos negar nuestras raíces y nuestra historia como le negamos al espejo los jirones de juventud que nos arranca por las noches, pero, así como nuestra piel revela el agudo movimiento de Cronos, brotan los signos irremediables del Origen en todos los rincones de nuestra carne.

Mi Tampico y el tuyo no son el mismo. Cada uno de nosotros, en secreto, construye a su paso un pueblo íntimo, privado, que nadie más conoce, y dibuja en la corteza de sus calles un mapa silencioso de relámpagos, ternuras embotelladas y pájaros de polvo.

Tú eres el cartógrafo. ¿Deseas reinventar a Tampico?
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Damero: ensayo de apertura, por Carlos del Castillo
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¿Somos el lugar que habitamos? La Ciudad es una herramienta encargada de moldear nuestro cuerpo –amorfo–, proporcionando elementos en la periferia para la propia construcción. Considerando la tardía desvalorización del Nosotros, que ha desplazado al Yo, podemos decir que La Ciudad mantiene ese carácter con visión alejada, como cuando se ve por el telescopio. Pero, también, está esa parte que gira concéntrica muy por debajo de la piel, la cual posee un nombre pronunciado por otras bocas y un rostro (que podríamos decir, o decimos) único.

La Ciudad, se muestra a veces como esa bestia de nubes rojas en la refinería, el manglar muerto de la laguna, el moho, la mancha negra de los edificios en el centro, la inundación.

En sus tantas figuras que tiene, La Ciudad, debería de ostentar esa cualidad de ambidiestro, para así caminar por sí misma sonriendo y saludando a los que en ella residen. Debería de oler sus calles, que cada vez son más; tocar la cara de su gente, que cada vez es más; ver por encima de los edificios, ya vencidos, sin vida, argamasa herrumbrosa. Pero La Ciudad también se viste de azul por momentos. Ese frescor de humedad que expele el frío. El Habitar entre aguas. La cadencia, el ruido motor de los vehículos en tránsito. La manta gris, el norte que cabalga. El silencio imaginario de la sal.

Desconozco las razones por las cuales Hipódamo de Mileto realizó el primer diseño urbanista en el puerto de El Pireo, en Atenas, tal vez la actividad comercial o, seguramente, necesidades de planeación para la demasía de individuos que transitaban por aquel lugar. Y me imagino al arquitecto griego pensando en una solución lo más lógica y expedita, trazando mapas invisibles sobre el terreno, entonces inasible –sólo parte de un paisaje que no venía a más. ¿En ese momento los atenienses se habrán percatado de que alguien, tal vez desde lo alto, o en un gabinete, diseñaba sobre sus cabezas una cuadrícula translúcida, una estructura que podría dividirlos en dos partes, separarlos de sus otros, destruirlos?

Constantemente La Ciudad, como muchas otras, muta, siempre sobre sí misma. Construida. Tomada. Saqueada. Formada. Levantada. Edificación sobre edifica-ción. Promontorios superpuestos en los límites de la memoria, repoblada. La Memoria, testigo precario, refulge en nuestro paso, con el día a día; caminando por este boulevard se olvida y se retorna, infatigable, a Las Ciudades que otros nos han escorzado, a esos distintos sitios donde el aire circulaba en sentido contrario, donde las piedras eran de colores rojizos, donde los estanques apestaban, donde habitaban los perros de agua. Y esas Otras Ciudades, actores disfrazados de reptiles, cumplen con un propósito encomendado por los tantos ojos –Argos Panoptes– que exhibe La Ciudad.


Se lanzan, entonces, líneas hacia una dirección cualquiera. Abriéndose en abanico, radiales, reticulares. El trazado Hipodámico[1], que es el lápiz mental, reducido a grafito sobre nuestros hombros, aboceta el mapa del Ser (o del yo pienso que), la órbita circundante. La Ciudad se torna, sobre nosotros mismos, sobre mí. Y, Nosotros, ahora creamos la Ordenación del Terreno, las reglas del damero. Miles de Ciudades nacen sobre el cuerpo de Ío. Bajo todos los ojos. Ese ojo, el cual, sabio, nos permite reconsiderar cada una de nuestras facciones frente al incólume reflejo. Reconsiderarnos escombro, edificios de polvo, ruinas inminentes.


ARTÍCULO 108. Ruina inminente. -1. Cuando la amenaza de ruina inminente ponga en peligro la seguridad pública o la integridad de un inmueble afectado por declaración de Bien de Interés Cultural, […] se podrá ordenar el inmediato desalojo y apuntalamiento del inmueble.[2]
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[1] El trazo Hipodámico es el plano urbano que organiza el diseño de las calles en ángulo recto, creando manzanas (cuadras) rectangulares. (N. del A.)
[2] Muñoz Amor, María del Mar. Código de Urbanismo. España: El Consultor. 2006. P. 75
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