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Favor de no podar la hierba (de los días)

Texto leído durante la presentación del libro Hierba de los días, de Zaira Eliette Espinosa. Tampico, Tamaulipas, febrero 17 de 2012.


1. En las entrañas herbolarias
Zaira Eliette Espinosa, poeta nacida en las faldas del cerro de la silla, trashumante de los días y las palabras, ha puesto hoy en mis manos este libro. Me abro paso entre sus páginas como una jardinera, cuidadosa de no herir la hierba ni de agitar las letras que asoman, suaves carámbanos de luz, por la orilla de los anocheceres.
     Me parece una propuesta un tanto híbrida que hilvana la poesía contemporánea, balanceada en limpios trazos (y diría, buena dosis de obsesión perfeccionista) entre los tejidos antiguos del mito: la Luna, la noche, el viento, el jaguar.
     Es aquí, en el cuerpo (lo interior), donde comienza todo. La poeta se transfigura en tierra para decir que en ella hay una casa de luciérnagas; sus senos son bodegas en las que habita la penumbra y sus ojos, alimento de los grillos.
     El tiempo, esta sucesión de instantes que permite la realización de la memoria, se manifiesta en el libro como fertilidad. Y más aún, deja que la imagen poética se expanda afuera de su cauce, libre de la dictadura de las horas y los minutos, para ser naturaleza pura (palabra orgánica).
     Zaira, fértil en el símbolo, alumbra ramajes de poemas. Y a cada hijo borda elegantes ropajes de vocablos, sin descuidar a ninguno. El verso es ligero y contundente. A menudo breve; muy a veces, de largo alcance, siempre equilibrado. La mínima palabra ha sido sopesada antes de ocupar su sitio.  
     Este poemario existe en la noche (adentro de ella). Es un vientre (digo) que refugia y dirige a la consciencia hacia la dimensión atemporal del sueño: la sencillez del origen: la lluvia, los árboles y (como la renovación va ligada al descenso) el agua ávida por devorarlo todo.
2. Hierba de luna
La mujer que escribió este libro es consciente de su fertilidad (y del silencio que antecede a la fecundación). Ella es la Tierra que alberga las frutas, el canto de las aves, las piedras preciosas y el fuego. Al leerla uno se confronta con el recuerdo subyacente de lo divino, lo místico, lo mágico.
     La Luna aparece en primer plano (anuncio de los ciclos fértiles de las hembras). La página inicial abre con una afirmación tajante: “En mi vientre / cabe un enjambre de noches”. Y alude enseguida al jaguar, tótem y evocación (irremediable) de nuestros antiguos guerreros mesoamericanos.
     ¿No es acaso la Luna el astro más cantado por los poetas? Desde Homero hasta Lorca. Desde que fuese compañera de Artemis en sus cacerías nocturnas, mientras levantaba las mareas que extraviarían la nave de Odiseo por el vinoso Ponto, hasta el libro de poemas que canta: “Blanca tortuga / luna dormida / ¡qué lentamente / caminas!”
     En todos los poetas, me atrevo a decir, algo hay de ese encantamiento hacia el rayo lunar que roba la razón, relámpago Bécqueriano hecho mujer de pelo translúcido.
     La Luna, imagen de la fertilidad y del misterio, recupera verso a verso su significado arquetípico: madre, diosa, devoradora del Sol, reina de las sombras, compañera de cazadores y amantes. La ligereza del viento y el sosiego de la hierba (de los días) llevan al lector hacia un mundo de sensaciones casi olvidado en el cotidiano vivir de la jungla urbana.
     Se evidencia en los versos un tono surreal (se presiente la permanencia del sueño). La imagen del árbol aparece, antropomorfizada, como celebración de la vida. Nostalgia (sin embargo) del Paraíso, esa hermandad con la naturaleza, propia de los primeros hombres, arrebatada en el océano de los siglos.
     “Me soñé convertida en árbol –dice Zaira–, / con hojas densas / flora mágica / y la textura guardaluz de su tronco”. Traigo a mi memoria ciertos versos de la poeta tamaulipeca Isaura Calderón: “Al reino vegetal / me trasladas, / –no sé por qué ni cómo en árbol me conviertes– / y uno tras otro el cáliz apuro hasta las heces”.
     Ahora, la posmodernidad nos brinda su hachís electrónico, sus huertos inmediatos y fugaces (la eternidad de los instantes). Aquí también crecen árboles como libros.
3. Hierba de silencio
La melancolía marca el rumbo de la segunda estancia del poemario. El ritmo de sus versos me remite a un baile de sombras. Pero, qué puedo decir sobre estas líneas que, al final, producen silencio (y nada más que silencio). Lo que Zaira nos deja en la noche, una y otra vez, repetida espiral de premoniciones: “La noche / y el amor / en irreparable fuga de días / volcánica soledad / gritos de auxilio ya se petrifican en raíces / encarnadas a cenizas”.

Isaura Calderón o la Harmonía de los instantes

Ponencia presentada en Los Santos días de la Poesía, Encuentro de Escritores 2010. Padilla, Tamaulipas.

De lo clásico a la ruptura
Por Marisol Vera

Desde las tierras de allende el mar
vienen las delicias a buscarme.
Poema del Cid (1)
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y la lluvia ruidosamente desató sus hilos
y bajó a lavar el dolor de la tierra.
Andrés Henestrosa, Los hombres que dispersó la danza



Preámbulo
He venido buscando a la mujer. El espíritu volcánico, fruta deleitosa de fuego y esperanza, como un sol que vuela y canta en albedrío. Isaura. Hasta su nombre es hermoso y musical.

Son estas páginas una tentativa de vuelo para acercarme –ha de ser mayor la travesía– a la autora de los “Cantares de amor en vilo”. Dejo aquí el primer relato, con el deseo de aportar algo a la tarea, siempre inconclusa, de reseñar a nuestros poetas.

I. Tula

Al amparo de la Sierra Madre Oriental, donde el viento y la niebla hacen su nido, rodeada por sediciosos cactos, hunde sus raíces en el tiempo la ciudad de Tula.

Si uno va hacia el norte hallará los municipios de Bustamante, Palmillas y Jaumave; al sur y oeste el estado de San Luis Potosí; al este, Jaumave y Ocampo.

En este lugar nació, “por accidente”, Carmelita, la segunda esposa de don Porfirio Díaz, quien le regaló al pueblo un reloj inglés: aún puede verse en lo alto del campanario de la vetusta parroquia.

Se juntan en la calle monótonos tañidos de campana, música norteña, ríspidos corridos y rezos de mujeres. El aire corre parejo con las memorias de los hombres, ahítos de años, que aguardan el ocaso agazapados en su propio vientre.

Tula es un mapa de espacios a punto de romperse, paredes y miradas al borde de un silencio largo. El viento se agarra de las piedras, levanta su cabeza de titán y escudriña el horizonte.

Se alzan sin arrebato ligeras nubes de polvo. “Venganza y venganza del polvo –¿no es así, señor Reyes?–, lo más viejo del mundo”.

Mil novecientos catorce. Parece ser ahora. Ha transcurrido casi un siglo. Aquí y allá me dicen: “No sabemos cuál fue su casa”.

Todo lo que sé es que en esta ciudad Isaura vio la luz por primera vez. Se mudó a Tampico siendo todavía pequeña. No llegaba ni a los diez años. Amaba solazarse bajo los árboles y oír la sinfonía del aire.

La veo de pie, sobre sus dos piernas alígeras, la pupila sorprendida ante la luna, bañada por un aguacero de estrellas. Corre, acaso, entre los matorrales, alrededor de un mezquite, cerca de un zapote. Risas, trovas y sueños. Presagios inflamados en el pecho.

La niña. La pianista. La cantora. La poeta.

Isaura.

II. La Gesta

Letra a letra, esta mujer ha de forjar su canto en el amor –a la tierra, a la vida, a Dios, a la poesía. Aun su tristeza y su nostalgia son vitales. Sabe muy bien que “los poetas viven pobres, pero sumamente ricos en espiritualidad”. (2)

Una tarde, deja el piano y toma el papel. Ha descubierto la música de las palabras y ya jamás desistirá de oírla, invocarla, tejerla.

La artista tulteca tiene ese don de las almas intemporales de reinventar la tradición. Su pasión por la literatura está ligada a su apetito por la presencia divina. Lo expresa con elegancia y fineza en una epístola dirigida al Padre González Salas –cronista de Tampico– en 1959. Ésta sería publicada en 2001, en la revista Relieves, del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes.

Señala Juan Jesús Aguilar, en un breve preámbulo a la edición de la carta, que ésta le fue obsequiada por el padre Salas en la década de los ochenta y que entonces le solicitó permiso para publicarla. “Ha llegado ese día, creo haber encontrado –sin buscar o haber perdido– el espacio adecuado para compartir ese gusto y amor por la literatura y nuestros clásicos del siglo XX”.

La epístola discurre acerca de Los hombres que dispersó la danza. No es raro que nuestra poeta se enamorase del pulso literario de Henestrosa, siendo sus imágenes de una colorida plasticidad, inocentes y salvajes, como si en esas páginas se hallase el venero mismo de los mitos.

Al acercarme al texto que Isaura no duda en llamar “Nuevo Testamento Zapoteca”, no puedo más que compartir su asombro. Al margen de la interpretación religiosa que uno quiera darle, su sentido estético gana –diría Cortázar– por knock out. Me parece oír a merced de la oscuridad, como seguramente Isaura oyó –como debieron hacerlo tantas veces los hombres del Istmo de Tehuantepec– al “ave nocturna, cuyo nombre es el significado de su grito […] ¿Paráh-guyéuh?” (3)

Conmovida por este encuentro, la poeta dice:

No sé qué voces atávicas cantan en mi dormida conciencia mejicana, levantando ecos que yacían soterrados con tanta lectura saturada de extranjerismos, de modernismo de mala ley y de hojarasca vana.

Por el garbo de su lenguaje, la limpieza de su prosa y la reserva de que su autora hace gala al describirse a sí misma –una pobre parvulilla de las letras–, esta epístola me deja un estremecimiento como el de aquella Respuesta que sor Juana dirigiera al obispo de Puebla, donde con énfasis exagerado dice: “Y yo […] que soy una ignorante”.

Los contextos de las dos cartas son muy distintos: una, del siglo XVII, es una defensa del derecho a la libertad intelectual, y la otra, casi a final del milenio, una expresión completamente abierta que no pide licencia para ser.

Un punto de similitud entre ambas mujeres –si bien es un hecho común en los artistas, hay quienes lo denotan con mayor fuerza– es el intenso amor al conocimiento.

El extasío ante el cosmos y la imposibilidad para aprehender todas las sensaciones e ideas que le suscita, se revela cuando Isaura dice: “Y en la fantasía que ha olvidado sus vuelos, se ensayan, torpes, las alas, algunas imágenes y espejismos que no acierto a expresar como querría”.

Una década más tarde, en “Ahí queda mi huella” (Parábolas del viento, 1970), ensayará la posibilidad de contemplarlo todo, cuando su alma de más allá del sueño / regresa alucinada y trae / cristalizado el vuelo / en cósmicas señales […]

La alusión al viaje espiritual, por supuesto, la hallamos en sor Juana. En su poema más personal relata que su alma había llegado a lo alto de la pirámide mental y la mirada tendió por todo lo creado, cuyo inmenso agregado, / cúmulo incomprehensible, / aunque a la vista quiso manifiesto / dar señas de posible, / a la comprensión no.

Un referente más antiguo es Dante. Cuando el poeta asiste a “la profunda y clara subsistencia de la alta luz” intenta comprender la divina geometría, que contiene todo cuanto hay esparcido por el universo ligado con vínculos de amor, pero, dice: “no alcanzaban a tanto mis propias alas”. (4)

Isaura, en cambio, nos revela: "Ante mis alas / ya todas las barreras caen". ¿Puede referirnos lo que ha visto? En “Cantarcillos del amor en vilo” (Amor… su paraíso y su nostalgia, 1975) manifiesta la sed de las palabras: "¿Qué cuerda falta a mi lira? / ¿Por qué me rompe en silencio / la música que a torrentes / me bulle dentro del pecho? / Lo que me aflora a los labios / no es ni siquiera el eco."

Este anhelo por aprehender la belleza del Universo, de abrir las puertas que conducen al Altísimo Venero –eje y sustento de sus letras–, en los poemas que rozan la finitud de su vida ha de ser más intenso, a ratos sombrío porque, gime la poeta: ni el alma tengo ya, de añadidura.

Avenida con la espiritualidad henestrosiana, dice en su epístola al Presbítero:

aparte de poesía, música y Fe –una Fe primitiva, fuerte, y al mismo tiempo candorosa–, hay en este libro tan bello algo familiar y no obstante, remoto que conmueve y avoca oscuras cosas que yacen en las raíces profundas del ser creyente, del niño que fuimos y del descendiente que somos de algún indio triste, que en la remota noche de los Tiempos, adoró al sol y a la lluvia y tembló de pavor ante todo lo que desconocía. Pero superponiéndose a todo eso, queda el encantamiento que su lectura suscita y deja una inquietud latente que pide más.

Hago mía la reflexión de Chumacero al reseñar al escritor zapoteca: también en la voz de Isaura “triunfa la huella de lo humano”.

III. Harmonías

Aun lejos del piano, Isaura nunca deja de hacer música. Es su pluma cartógrafa de un rico mundo interior, pleno de ríos, valles y montañas –los del paisaje tamaulipeco y los de su propia alma.

Su obra poética sale a la luz pública en el periódico El mundo, de Tampico, y en Abside y Cuadernos de Bellas Artes, de la Ciudad de México.

Los versos de su primer poemario (Tal como tiembla el agua, 1963) se ofrecen a la página con la frescura de la inocencia reencontrada:

Rozome con sus alas el misterio
y me tocó en el alma
que desplazó sus círculos concéntricos
tal como tiembla el agua…


Sus letras fluyen como un manantial. Se anuncia la huella del Cielo sobre las aguas. Es la ribera del lago su misma piel –o la mía:

Se anuda en mi garganta lo inefable
y sólo sé temblar:
¿Qué pudo hacer antaño el Tiberiades,
qué más que sosegar?...

En este mismo año, José María Fernández Nieto comenta la obra de Isaura Calderón “cuyos versos respiran una formación clásica, pero participando de la evolución expresiva de la mejor poesía moderna”. (5)

Dos años después se publica Ha de venir un alba. En el índice bibliográfico del Diario Los Principios de Córdoba (Argentina, 1965), Efraín Bischoff refiere: “Versos impecables, clásicos en la forma, pero bien modernos en el buen sentido de la metáfora original y profunda”. (6)

Es el trazo poético que nos ocupa, profundamente simbólico. Y qué imagen más evocadora que una rosa. La celebró Bécquer en aquella leyenda de Toledo: la hermosa doncella de cuyo cadáver brota la flor. De ella habló Villaurrutia, la negra rosa de carbón diamante. ¿No lo dijo bien Huidobro? Hacedla florecer en el poema.

Isaura retoma la efigie:

Vestida de sí misma y de su aliento
–un pétalo sobre otro, esplendorosa–,
de sólo su esplendor brota la rosa,
un símbolo su eterno advenimiento;

Y en la línea de la tradición de López Velarde, –como diría Peña Loza– calando hasta la entraña viva de su provincia, surgen, bizarros, los “Cantares de amor en vilo”:

Tamaulipas, tierra mía
que tus términos dilatas
desde áridas fronteras
donde el Bravo moja espaldas
hasta el mar que canta y besa
ebrio de amores tus plantas.

IV. Y la ruptura

“Patria de lejos, mapa, mapa de nunca. Porque el ayer es nunca y el mañana mañana”. Este atisbo de Cortázar, recientemente salvado del olvido, bien retrata el siglo que le sucedería.

Los jóvenes de este tiempo ya nacimos desterrados.

El lenguaje, propiamente, se rompe. Es otro.

¿Mas, no es la ruptura de una época, tradición de la siguiente? Ya en los sesenta del siglo pasado, Pizarnik aborda el tema en su artículo “Una tradición de la ruptura” (7). Contrario a la idea de nuestros profesores de primaria, que describen a López Velarde como escritor “pintoresco”, Alejandra ve en él a un poeta con aguda conciencia de nuestra falta de ser y de que “la realidad verdadera no se nos manifiesta casi nunca, excepto en los instantes privilegiados”. Menciona como un acierto del jerezano el “remontarse a la raíz de las palabras desprestigiadas por el excesivo uso con el fin de rescatar su antigua pureza”, esto contribuye a que muchos de sus poemas “continúen siendo presencias vivas de gran hermosura”.

Me parece que estos razonamientos pueden aplicarse a la obra de Isaura Calderón: en la segunda mitad del siglo XX busca rescatar la pureza de la forma, tantas veces zaherida por aquellos que creen que todo lo que rima es clásico. También ella es consciente de nuestra falta de ser –bien podríamos ser reyes soñando en una celda o prisioneros que sueñan un lecho de seda.

En 1990, cuando sale a la luz Soledad en llamas, tiene 76 años. Acaso el batir de alas de sus poemas deja entrever, en lienzos de sombra, aquel desplome de ángeles caídos, el vértigo frente a la corriente inaprensible de la eternidad, porque su espíritu:

Por el túnel del tronco
se aventura,
más, a ciegas, no sabe qué será lo que lleva
¿el fulgor de la rosa, o simplemente hierba?

¿Seguiremos arañando los espejos? A menudo se empolvan nuestras voces en incógnitos libreros, cuando no se dispersan en el abismo de los días.

En esta sociedad materialista, orbe de violencias y desencantos, la poesía de Isaura Calderón revitaliza el viaje espiritual.

Epílogo

Qué puedo decir yo. Me he acercado a la mujer a través de sus letras. De su mano he visto dormir a la Sierra y cantar al Atlántico. Y arder galaxias de nostalgia.

Si lo inmutable permanece, su alma, fruta fértil, boga para siempre en el río del tiempo: ha despertado del sueño de la vida.

[Tula de Tamaulipas, marzo de 2010]

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NOTAS

(1) Versión en prosa de Alfonso Reyes, según el texto antiguo preparado por Ramón Menéndez Pidal.
(2) Frase tomada de una nota de prensa de 1976, facilitada por la Secretaría de Turismo de Tula, Tamaulipas. Se ha extraviado el nombre de la publicación.
(3) Paráh-guyéuh, “Dónde fuiste”, en lengua zapoteca.
(4) Se ha tomado como base la versión castellana, prosificada, de La Divina Comedia, publicada por la editorial Porrúa en 1974.
(5) Citado originalmente en la revista de poesía y crítica editada en Palencia de Castilla, España (número 39, página 25, 1963).
(6) Citado por Juan Fidel Zorrilla, director del Instituto de Investigaciones Históricas de la UAT, en el prólogo al libro Antología menor, 1978.
(7) Publicado originalmente en La Nación, Buenos Aires, 26 de noviembre de 1966. El artículo comenta y amplía las observaciones de Paz hechas en el compendio de ensayos Cuadrivio.


FUENTES CONSULTADAS

Alighieri, Dante. La Divina Comedia / La vida nueva. Introducción y comentario de Francisco Montes de Oca. Porrúa, Sepan Cuántos. México, D.F., 1974.
Calderón Isaura. Soledad en llamas. Gobierno de Tamaulipas, Instituto Tamaulipeco de Cultura. Cd. Victoria, Tamaulipas, 1990.
Calderón Isaura. Antología menor. Instituto de Investigaciones Históricas-UAT. 1978.
Cortázar, Julio. Papeles inesperados. Alfaguara. México, 2009.
De la Cruz, sor Juana Inés. Primero sueño y otros textos. Posada-Océano. Buenos Aires, Argentina, 1998.
Diccionario de escritores mexicanos siglo XX. Tomo I. México, Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Filológicas. Centro de Estudios Literarios, 1988.
González Salas, Carlos. Tampico es lo azul. Miguel Ángel Porrúa. México, D.F. 2006
Henestrosa, Andrés. Los hombres que dispersó la danza. CONACULTA-INBA. Edición Conmemorativa. México, D.F., 2006.
Pizarnik, Alejandra. Prosa completa. Lumen. Palabra en el tiempo. Barcelona, 2002.
Revista Relieves. Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes. Año 1. No. extraordinario. 2001.
Sosa Reyna, Nohemí. Poetas tamaulipecas del siglo XX. ITCA. Colección Antologías y Homenajes. Tamaulipas, 2000.


AGRADECIMIENTOS

Al Prof. Salvador Piña Miranda, director de turismo de la ciudad de Tula de Tamaulipas; a la Lic. Sara Uribe, directora del Archivo Histórico de Tampico, y a la Dra. Ana Elena Díaz Alejo, por facilitarme valiosa información, sin la cual no habría sido posible este ensayo.
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a manera de ready-made o donde las miradas convergen

Texto leído durante la presentación de la antología Letras en el Estuario, compilada por Ramiro Rodríguez. Tampico, Tamaulipas. 26 de noviembre de 2009.
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I.
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El mar segregado del mundo, colocado en una vitrina para que lo contemplen los peces. La desembocadura lista para llenarse de palabras. Sube la marea desde los reinos absolutos de Posidón.

El objeto vacío.

Toda literatura es un ensayo del Silencio. Un caudal por donde la tinta penetra al encenderse las luces del Poema.

Aestuarium. Animación de los vocablos. Abertura de los signos. Lo que se derrama. Ciclo intermitente. Que jamás.

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II.
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El libro es, ahora, un lugar de paso. Una peña o un acantilado. El libro es un cuerpo lleno de cicatrices. Cada hombre ha traído su propio escalpelo. Rasga la hoja.

“Seríamos el silencio” dirá una página de arcilla arenosa.

Voy a dejar el libro, vertical, sobre la mesa como si fuese una rueda de bicicleta.

Algo se aproxima desde la memoria de otro. De otros. No el galápago de grecas doradas. No la lluvia.

Un reflejo. Un golpe.

El Libro.

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III.
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Carlos Acosta arponea El Libro con sentencias de animales cíclicos. Voy a su espiral de luz cayéndome de los balcones del tiempo a otros balcones cubiertos de clavos y vidrio. Pero no mientras leo su poema, mientras lo recuerdo a él leyendo su poema. Mientras el poema crece igual que una espiga en mis ojos. “Vamos y volvemos al origen de lo eterno”. Dice. Y una pintura se abre donde el cuerpo tiene olor a almendras: Alejandro Rosales dibuja en un lienzo de caricias los hombros de seda de la amada, la luz gris del invierno que se entrelaza con cadencias de río. Es un hombre que vive entre montañas y sueña con la mar. Su alma es de agua densa, coronada por un beso de sirenas: aquellas que tentaron a Odiseo, con cabeza de ave, y también las mujeres-pez cuyo torso desnudo humedece los otoños.

Entre gemidos de cañaveral, Antonio Quintero lame los límites gozosos de ese páramo tristísimo que es la vida. Voy de su Estío al Paraíso. Hay insectos horadando mi piel. Su piel (nuestra). Todo en sus letras parece cantar y quejarse y volver al vientre de la noche.

Raquel Rodríguez amanece en las Bahías: arrullo de ola / salado vaivén / Pleno Sol / sobre / la / espuma. Hace invocaciones desde mi balcón. El verso ligero y sibilante en los arenales.
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Celeste Alba no hurga en las calles de la ciudad ni en los bosques de ala espesa ni en la bóveda de soles, no. Escarba su propia carne para tomar en sus manos una estrella.
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“Seríamos el polvo del parto de la tierra” dirá la mujer hecha de greda y salitre.
La mujer libro. La mujer Ardalani.

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IV.
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El Libro es, también, espacio para las legiones. ¿Qué las unifica o separa? “Hay veces que el decir nos bifurca” dirá Lidia Díaz frente a su espejo (o el mío). Un dulzor de mezquite marchito. ¿Qué es lo que no saben los pájaros?, ¿lo que se anuncia y nadie atisba?

En todo caso, hay el deseo de transfigurar.

¿Qué son los nombres desprendidos de su reflejo?

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V.
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Pero
jamás con la cabeza en un horno de cocina. Ni frente a una bala que cruza un campo de trigo con cuervos. Ni en el fondo de las aguas, con piedras en los bolsillos.

A palos, golpeada, en un día sin recuerdos. Sacudida por una corriente alterna.

“Todas las muertes son una lluvia” exclama el cantor. ¿De veras, Federico, hay muertes discretas?

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VI.
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Lo que unifica las voces de El Libro es la sed. El cauce por donde habrán de hacerse paso los buscadores de tesoros. Dieciséis nombres.

Ramiro Rodríguez convoca a la (re)creación de la Palabra en el Estuario. ¿La cosmogonía? El buceador ha despejado el afluente de páginas para que cada quien ice su velamen. Él mismo se ha embarcado hacia la Isla (toda literatura es un laberinto). ¿Llegará?

Aquí, hay lances ficticios. Una secuencia narrativa se hilvana desde la ironía. Lo cotidiano persigue la epopeya. El diálogo interior.

No la certidumbre, sino nuevas búsquedas, han de hacer girar El Libro sobre su eje. Seamos, entonces, lectores.

La seducción de los Demonios

Texto leído durante la presentación de "Poe, la estética de lo grotesco", homenaje a Edgar Allan Poe por el bicentenario de su nacimiento. Evento multidisciplinario: letras, música y artes visuales. Patronato de Bibliotecas Municipales. Biblioteca Isaura Calderón. Casa de la Cultura de Tampico. 13 de noviembre de 2009.

A DOSCIENTOS AÑOS DEL NACIMIENTO DE EDGAR ALLAN POE
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I. PRELUDIO (ASEDIO POÉTICO)

El hombre, el chamán, el artista, el vagabundo, el visionario, el licántropo, el amante, el pedófilo, el romántico, el poeta, el sádico, el pagano, el dandy, el hereje, el necrófilo, el maldito, el descendiente del Parnaso, gemelo de Baudelaire que engendró a Mallarmé, padre de Cortázar y de Bradbury, favorito de Niesztche y de Kafka, titán que encabeza una legión, eterno y codiciado por el mismo arcángel que a Satán Trimegisto encadenó, Edgarpó, Edgar a Poet, Edgar Poe, Edgar Allan Poe.

Los demonios cantan para mí, Señor, esta noche, su voz relámpago se cuela entre mis huesos. Danzan los cuervos en un círculo de estatuas: la lluvia, la lluvia nos muerde el rostro a los que somos solos. Las alas de los pájaros rompen el silencio. No hay palabras, Señor, no hay palabras, sólo el álgido abrirse de la cripta
.....................................................algo como sangre...... el hedor de la sangre
El húmedo sollozo de las dríadas. Hojas afiladas en el aire. Lienzo púrpura de agua, el vuelo lento de una estrella. Evocación de ángel o chacal. ¡Salta de tu órbita, ojo de buitre! Reloj estrangulado por las horas, gime tu agonía. Plutón está sediento, el monstruo emparedado se arroja desde el cráneo de la Culpa hasta tu vientre.

II. POE, EL EXPLORADOR DEL ALMA HUMANA

Edgar Allan Poe, genio del Terror, creador del género policíaco en la literatura, llegó al mundo el 19 de enero de 1809. El sitio: Boston, Estados Unidos de América. Nos advierte Cortázar: “Nació allí como podría haber nacido en cualquier otra parte, al azar del itinerario de una oscura compañía teatral donde actuaban sus padres, y que ofrecía un característico repertorio que combinaba Hamlet y Macbeth con dramas lacrimosos y comedias de magia”.

En el prólogo a un volumen póstumo de las obras de Poe, Baudelaire señalaría: “advirtamos que este autor, producto de un siglo engreído, hijo de una nación más engreída que ninguna otra, vio claramente, afirmó imperturbablemente la maldad natural del hombre”.

La existencia del creador de Las flores del mal correría paralela a la del autor de El Cuervo. Baudelaire, en la lengua de Moliere –como Cortázar en la de Cervantes–, se encargaría de traducir y promover a quien llegó a considerar su hermano espiritual.

Conocemos, con más o menos detalle, la historia de Poe: sus padres fueron víctimas de la tuberculosis (aunque no queda clara la suerte final de su padre) y antes de cumplir los tres años de vida, el pequeño Edgar iniciaría, en la orfandad, un destino donde el amor iría siempre acompañado por la desgracia. Desde Helen, su primera pasión juvenil, arrastrada hacia la tumba por una terrible enfermedad, hasta su esposa-niña Virginia, quien languidecería dolorosamente en un miserable cuartucho adonde, también, la tuberculosis ganaría la batalla.

Gran explorador del alma humana, entre los sueños de libertad y de progreso de su época, Poe vindicaría la maldad como primera naturaleza del hombre. “Nadie que consulte con sinceridad su alma –dice en El demonio de la perversidad– y la someta a todas las preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical”.

Mucho se dice de lo que Poe haría si viviese en nuestro tiempo, que trabajaría en la vena gore, que haría películas snuff. Cierto es que su obra es, por completo, atemporal. Sus cuentos y poemas se hunden en las regiones más primitivas de la consciencia, esa zona oscura de nuestra mente de donde la Civilización no ha logrado expulsar a los demonios. ¿Cómo explicar la fascinación de las masas hacia personajes como Hitler o Charles Manson? ¿Transcurre un día en nuestro planeta sin que la locura, el crimen y la miseria se manifiesten?

El paso de Edgar Poe en el mundo nos recuerda, por su violencia y rapidez, al vuelo de un péndulo. Su afición a la bebida le conduciría, finalmente, a esa ribera de la que no se retorna jamás. Delírium Trémens. Baltimore. 7 de octubre de 1849. “Qué Dios ayude a mi pobre alma”, fueron sus últimas palabras.

III. EPÍLOGO (ASEDIO POÉTICO)

Oh, Señor, devuélveme al amado, déjame alumbrar la cicatriz de su pupila, beber el láudano en sus labios.

Tú que aderezaste con la lira el coro de las musas y diste a Faetón la brida de los áureos caballos, y al dedo colosal de Zeus hiciste brotar escandaloso estruendo; tú que a la orgullosa esfinge arrojaste al abismo para llevar a Edipo a fornicar con su madre; Oh, tú, Señor, que a orillas del Nilo, en las arenas eternas del dolor, elevaste el sueño mineral de las bestias; que cubriste de oscuridad la Tierra por mil años y sembraste la mefítica flor de la desdicha, y nombraste América al lugar donde habrían de caer los Evangelios como balas de cañón, y en el fragor de veinte siglos romperías el núcleo de los átomos para sentarte en un trono maquinal de serpientes radioactivas.

Oh, Señor, toma mi mano trémula en esta zona de la noche, llévame al país olvidado, más allá del océano y las montañas, donde tus esclavos martillan paredes herrumbrosas y las almas beben la negra sangre de los ángeles.
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el escritor y su mundo: un acercamiento a la obra de Arturo Castillo Alva

texto leído durante el minitaller "El escritor y su mundo" ofrecido por el Patronato de Bibliotecas Municipales de Tampico, en la Biblioteca de la Delegación Norte "Profra. Elena Maldonado Robles". Febrero de 2009.
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I. Antología de un naufragio

Hará unos siete años Juan Jesús Aguilar me obsequió el libro de su autoría Veinte poetas del siglo XX, donde por primera vez, gozosa y extrañada, me encontré con las letras de Arturo Castillo Alva. Cuando empecé a leer “Fragmentos rescatados del más grande poema tampiqueño jamás escrito” estaba convencida de que, verdaderamente, ése era el más grande poema tampiqueño jamás escrito; Arturo Castillo debía ser un náufrago a quien una tempestad, en mar abierta, arrebatara su obra, de la que sólo algunos versos habían emergido desde las profundidades atlánticas.

Me iniciaba formalmente, por aquellos días, en el oficio de la escritura y, debo ser franca, me había acercado apenas con cautela a los escritores tamaulipecos. Los poemas que inauguraron mi niñez fueron de Netzahualcóyotl y de Sor Juana –por un buen tiempo creí que todos los poemas del mundo eran al estilo del Barroco o de los Cantos Floridos del Anáhuac–; durante mi pubertad fui gran lectora de Poe, de Bécquer y de Wilde; recién entrada la juventud, me enamoré de los Simbolistas y de las sombrías metáforas de Sylvia Plath. De pronto, de la mano de Arturo Castillo, me descubrí vagando en un escenario cotidiano, lejos de las regiones exóticas y fantasmales a las que había sometido a mi espíritu: un Tampico anclado entre los años cincuenta y sesenta que no habité, que no me tocó ver y sin embargo me pertenecía de una manera absoluta. Entonces lo supe: yo también tenía una historia que contar a partir de mi raíz.

Fue en el primer Festival de Letras en el Golfo, entre una marejada de piernas y cabezas, donde me topé de frente con Arturo. Llevaba conmigo la antología de 20 poetas y le pedí que la firmara. “No me gusta dar autógrafos” me dijo secamente. Y firmó. Dos signos de interrogación, en medio la nada…

Volvería a encontrar al poeta una noche de invierno, en el Casino Tampiqueño: el grupo Erato, lectores de poesía en voz alta, presentaba la obra de autores tamaulipecos, entre los que Ana Elena Díaz Alejo –instructora del Seminario de Escritores Argos– generosamente me había incluido. La siguiente ocasión su voz fue amigable: “Escribes bien, chavita”; en la redonda inmediatez de sus ojos atisbé a un ser humano sencillo, ajeno a las poses muchas veces adoptadas en las esferas culturales del Puerto; un hombre que al hablar iba dejando en el aire un olor a olvido, a sal, a lluvia. “No vayas a dejar de escribir” me dijo en algún otro momento. Y le hice caso.

II. La tinta y el silencio

El Tiempo, con su costumbre de halar la juventud en los mares del rostro, me ha ido acercando poco a poco a la pluma de Arturo Castillo Alba: poesía, ensayo, crónica, narrativa y dramaturgia. Saber que hay páginas suyas, vírgenes todavía, me produce un secreto gozo. Definitivamente no es un escritor “apresurado” –como el pulso de la época actual parece exigirle a las nuevas generaciones. Él prefiere amasar lentamente –a lo largo de años, si es preciso– la tinta y el silencio hasta lograr un texto sólido. En Días de amor (y otros olvidos) afirma que los ocho relatos ahí reunidos son todos los que ha logrado concluir desde que se inició en la escritura –con la exclusión del primero de ellos–, en el trayecto de casi tres décadas.

Su manera de relatar es amena, con un flujo constante que va renovando las palabras hechas como la corriente de un río. Con frecuencia hace gala de una mordacidad luminosa para confesarse. Apunta en Los días perdidos (y otras pérdidas): “Dos sucesos terribles estremecieron mi infancia: el descubrimiento de que el dinero era necesario y el casi simultáneo de que no lo teníamos. Ni en casa ni en el barrio, que eran en esos años el límite de mi visión. (Tiempo después el descubrimiento de que dios no existía y de que, aparentemente para muchos, era tan necesario como el dinero iba también a estremecerme, pero nunca con la fuerza de los dos primeros).”

La poesía de Arturo, inevitablemente, me provoca una ternura que se vuelve sensualidad. Nostalgia a pesar –o precisamente por ello– de no traer en hombros un ayer demasiado extenso. “Finalmente la nostalgia sólo es posible cuando se posee aún cierta ternura y la ingenuidad suficiente para creer que el pasado fue un sitio donde, a pesar de todo, pudo un día habitar la felicidad… o la certeza de un futuro”.

Acudo ahora a la reflexión de Francisco Umbral acerca de la madurez: “no es llegar al orden, sino instalarse definitivamente en el caos. Aceptar el caos.” Me pregunto cuáles serán mis impresiones al leer la obra de Arturo dentro de veinte años, cuando todo rastro de juventud se haya fugado, para siempre, de mis manos.

III. Años sin viento

Este poemario, escrito entre 1988 y 1994, es una sola historia contada en fragmentos, la vida de un hombre que bien podría ser mi padre, mi hijo, mi hermano. Todos los hombres del planeta. Hay una intensa necesidad de mirarse al espejo como buscando la piel perdida, como si al nombrar los años muertos pudiese reanimarlos en una suerte de electroshock y volver, una vez más, a despertar en el regazo de un futuro que aún no se destruye.

Advierto a un artista comprometido con su época, que habla con desenfado acerca del amor, de las muchachas que se llevaron algo de su adolescencia entre las uñas; del dolor irremediable que brota en los estómagos sin pan, sin agua, sin dios; de un país al que ha visto desmoronarse como un montón de piedras en el polvo.

La Poesía de Arturo resulta estremecedoramente sencilla y alcanza en esa misma sencillez, un retrato de lo universal. La complejidad del alma. No recurre a las grandes metáforas. No invoca a Homero, a Virgilio, ni a Dante y sin embargo están todos presentes en la búsqueda de una patria inalcanzable, en el oscuro descenso a los infiernos, en el reconocimiento amoroso de la compañera que comparte su vida.

Orgulloso hijo de la clase obrera, el Infierno que retrata el poeta no es el del más allá, sino el de los tormentos del aquí y el ahora –los únicos que realmente importan–, la carencia, el sinsabor, la iniquidad –por todos conocida en este país–, la condición de millones de seres humanos a quienes no les queda más remedio que dejar la vida entre la maquinaria del mundo: todo se produce en serie, menos los sueños.

....dame dinero....dios....dame dinero
....y carne firme dame....y una cama
....y un pedazo de tierra donde
....pueda después pudrirme....todo cuesta

Pero en el abismo está contenida, ya, la salvación a través de la palabra y, definitivamente, la imagen de lo bello. En medio del Paraíso Eva se multiplica en zutana, mengana, fulana y perengana. Y como Beatriz a Dante, Olivia –su amada– lo conduce en la estancia final del libro, a la orilla de “otras premoniciones”.

El narrador se asoma con frecuencia a los territorios del poema, sin robarle plenitud a la poesía; más aun, enriqueciéndola.

....los jóvenes obreros queríamos la luna llena
....de las nalgas monumentales de ana bertha lepe
....y no obstante que en ese barrio
....éramos de los pocos obreros bien pagados del país
....no queríamos trabajar

Una pulsión teatral divide los poemas en estancias, a manera de actos, con escenarios entrelazados y personajes que se mueven ligeros entre los versos: muchachas, amigos, un padre, algún vecino, uno que otro actor anónimo. No es difícil ver huellas familiares; mis padres, hermanos y tíos andan por ahí con el nombre prestado. Tal vez yo misma. Quizá tú, que ahora estás leyendo.

IV. Los fragmentos extraviados

No puedo soslayar esa cadencia de agua salada que encuentro en “Fragmentos rescatados del más grande poema tampiqueño jamás escrito”. Me atrapa como a un pez. Me seduce. Me inquieta. Fue el primer texto de Arturo Castillo que llegó a mis manos, y por ello le tengo un especial apego.

El poeta comienza su viaje hacia los túneles de la memoria, mimetizado con el entorno húmedo de Tampico –que envejece de pronto–, se vuelve hacia dentro de sí mismo para contemplar un ayer que no acaba de alejarse.

....ahora
....mientras en la media tarde de junio el verano retrocede
....ante un ataque de densas nubes bajas
....y desciende el viento por túneles profundos
....arrasando en su humedad
....el humor de frutales corrompidos a ras de tierra
....mientras las cortinas se desbocan
....y tiemblan papeles sobre la mesa oscurecida
....ahora mientras escribo ahora
....mientras me masturbo
....y pájaros alborotados ebrios en el borde del miedo
....copulan en la huida con olores de la memoria
....o revientan implumes en la tarde declinante
....precipitadas creaturas gotas de agua
....y a punto del orgasmo me levanto
....recorro desnudo la casa
....como la risa triste de un gato joven
....y sordos golpes estremecen mi vientre
....ablandan mi pene
....ahogado..................doloroso....................como un mástil sin velamen

El poema se sostiene en un ritmo azulino, lúbrico, llameante; los caminos andados por los obreros y los hijos de los obreros al inicio de la segunda mitad del siglo; los hombros frágiles de Ana, que sólo tenía catorce años; la sospecha de un progreso que no había de incluir a los pobres –que siempre seguirán siendo muchos, los únicos que en realidad pagan.

....todo se paga..........sólo los pobres pagan
....los pobres padecen los castigos con una dignidad innoble
....y ana entre sonrisas tímidas
....mudaba de un pie al otro el peso de sus sueños mínimos
....mientras hablaba
....el pelo brillando en minúsculas gotas
....su pelo como un jardín de donde serían expulsados los serafines

No hay final glorioso en esta epopeya urbana, el héroe –que por cierto no es ni poderoso ni eterno– se embarca en la nostalgia y atraca en el desencanto. ¿Cuál es, entonces, el amparo que otorga la poesía? La reinvención. La permanencia de lo fugaz.

V. A manera de advertencia

Hasta aquí estas breves líneas acerca de la poesía de Arturo Castillo Alva. No he hecho más que hablar de mis impresiones personalísimas, que bien podrían no ser las más atinadas. ¿Podrías continuar tú, lector, este ensayo en tu mente? Espero no te hayas aburrido demasiado pronto y aún me estés leyendo. ¡Ah!, una advertencia: no hay en Años sin viento –ni en ningún libro escrito por Arturo, que yo sepa– un llamado a lo imposible. Todo te resultará conocido, íntimo, natural –aún lo fantástico. Ha dicho el poeta oportunamente: “no me interesa ninguna literatura que, para escribirse, no le baste la vida como es […]”

la flecha del tiempo: lectura de un libro de Sara Uribe en siete estancias

texto leído para la presentación del libro Nunca quise detener el tiempo, de Sara Uribe, durante la Feria Nacional del Libro en Tampico (2008).
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I

No hay advertencias, ni un solo letrero en el umbral de este libro que me indique adonde me conducirán sus páginas, sus palabras tensas como escaleras a punto de quebrarse. Albergo la vaga sensación de que iré a un lugar subterráneo, azogado, lleno de bruma y de olvido. ¿Qué puede decirme Sara sobre mi propia historia? Me asomo a sus letras con el ansioso deseo de hallar mi rostro dibujado en los ángulos del silencio, entre las huellas de tinta y los espacios en blanco. Este libro debe de hablar acerca de mí. “Es tan extraordinario ser uno mismo– apunta en su diario la mujer rota, de Simone de Beauvoir–, justamente uno, es tan único que parece natural ser único también para alguien más”. Me gusta ver mi singularidad cada vez que abro un volumen de Poe, de Borges o de Rulfo; sentirme uno con el poeta, con su latido, con la sombra o el fantasma detrás de la escritura.

¿Cómo acercarme a Sara, a esa cierta distancia tejida entre las letras y el tiempo?

La primera página me trae la mirada sobrecogida –confesándose– de una niña ante su madre. Me estremece su lenguaje llano, limpio, duro: cuando me dijeron que habías muerto / no supe como llorar […]

¿Qué sé yo de la muerte, esa imposibilidad de volver a unos brazos extintos? El abandono. El vacío. Una vez murió un ave entre mis manos. El aliento se le escapó del pecho, abrupto, seco, sin sustancia. Un ave. Una madre. ¿No nos hace iguales, la muerte, a todos los seres sobre la Tierra? ¿No es, en el fondo, la misma soledad la del agua, la de los pájaros, la del aire y la de los hombres y mujeres?

debajo de tu piel
sólo había sal
lo supo el asombro de mis dedos
cuando inauguró con su tacto
la certidumbre de tu muerte

La piel, la sal, los dedos, la certidumbre aterradora. Yo habría dudado al instante. Dudo siempre, como un hábito arraigado en mis huesos, de la realidad que me circunda. Aún veo a la dulce avecilla de canciones verdes atrapada en mis manos. ¿Era su temblor un aleteo del Hades? No, el ave no expiró, no encontré su cuerpo desfallecido entre dos lajas de horror, no la sepulté en el jardín de mi casa, no fue devorada por la tierra, el silencio, la negrura.

II

Este libro es un lecho de mar donde las aguas olvidaron retornar a su orilla. Un sabor a sal impregna la noche. Sí, es de noche y escribo este asedio mientras la ventana de mi habitación parpadea como el ojo de un lagarto ciego, mientras una hormiga de hojalata hinca sus mínimas tenazas en mi carne, mientras un niño duerme complacido afuera de mi vientre.
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Ahora el título: Nunca quise detener el tiempo. Es imposible no rasgar en la memoria como un topo: no encontrarme aquella lucecita de mi niñez, a la mitad de una pantalla negra, pescando siluetas fantasmales. Tengo seis años y soy poseedora de una caja que detiene el tiempo. Los minutos se quedan pegados al televisor igual que las moscas a un tarro de miel.

Es mentira que uno pueda detener el tiempo con las palabras me grita el Poema: me reprocha mi absurdo afán por hacer poesía con los escombros de un gastado paraíso. En este libro no hay paraísos. Tan sólo el recuerdo a tientas de un naufragio.

III

Nunca un vaso roto salta desde el suelo hasta la mesa para juntar sus fragmentos, ni los amores desarticulados vuelven a unirse con la melaza de los días, ni retoña en los cráneos de los muertos la memoria. Todo se dirige, de manera natural, hacia el caos. Sara Uribe es consciente –por su voluntad sensible– de este principio físico.

Hago mía la reflexión de Saint-John Perse: “¿no tenemos derecho a considerar que el instrumento poético es tan legítimo como el instrumento lógico? […..] La gran aventura del espíritu poético no es inferior en nada a las grandes entradas dramáticas de la ciencia moderna”.

A través del poder intuitivo, Sara se adentra en esa región del pensamiento donde se dialoga con lo eterno. Son inquietudes tan antiguas las que halla en esta búsqueda, tantas veces elaboradas en la mente humana, que no puede sino quitarse el sombrero ante la Fatalidad.

La insistencia de Sara sobre la imposibilidad del retorno del tiempo me conduce, irremediablemente, al río de Heráclito y a la obsesión de Borges por contemplarlo:

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

¿Se agotará la pulsión de filósofos y poetas por desentrañar a Cronos?

Al ver de nuevo la portada del libro que ahora reseño, su “título falaz” –como lo llamó alguna vez la propia autora– no puedo sustraerme de pensar en la dirección de la flecha del tiempo: señala, siempre, hacia adelante. No hay retorno. Apunta en la misma dirección en que el universo se expande y en que el desorden se agranda. ¿Llegará el momento en que esta flecha se invierta, en que recordemos el futuro, seamos cada día más inocentes y muramos antes de nacer?

IV

Sara no pronuncia la palabra amor entre sus habitantes invisibles. Hay ausencia, un ruido como de aire cayendo sobre las navajas del tiempo. Una sed inconfesable de otra sed

porque las palabras son escaleras
inciertas escaleras que no conducen
que no salvan


No sé a quién persigue la oscura saeta de poemas –porque a alguien está persiguiendo, sin duda–, el puñado de grafías enhiestas en el polvo, recortadas por la nostalgia, escudriñadas por la Entropía. ¿Quién huye hacia un blanco desierto al esgrimirse los vocablos de este libro? ¿Quién intenta cobijarse detrás de los fonemas, en mapas extraviados, en la breve lectura que deja un escozor grisáceo en la garganta, un deseo de caer al fondo del espejo convertido en arena?

V
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Las cartas, nidos de aves fracturadas, las cartas vacías en el borde de una mesa, las cartas echadas al buzón de la memoria…

VI

Otra vez la imagen del Tiempo.

VII

Si bien Sara ha comentado que las estancias de Nunca quise detener el tiempo “se fueron ensamblando en un proceso a posteriori de su escritura”, al bogar entre los textos percibo, de la primera a la última línea, un solo gran poema. Una misma pulsión se repite: en ocasiones contenida en la metáfora como en un barco que cierra sus escotillas, y a veces palpitante sobre la cubierta de las palabras.
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La poesía de Sara es una poesía de la idea más que de la imagen, del intelecto más que de los sentidos. Su pluma linda con los territorios del ensayo, pero evita la tentación de encallar en abstracciones, mantiene, entonces, un equilibrio entre lo terreno y lo etéreo, lo filosófico y lo estético. ¿Es desoladora su experiencia? El solipsismo se alza, emperador del espíritu de Sara, mas tiende un lazo con la soledad de los otros, los que estuvieron antes que ella, los que van siguiendo paso a paso la flecha del tiempo:

he escrito mis palabras
sobre la fresca tinta de otras
he nombrado
con los nombres que otros dieron
mi casa mi pan mi tierra
he caminado encima de los pasos
que otros antes caminaron por mí
y he llegado
al mismo ningún lugar que todos

Entre las elucubraciones de su agudo pensamiento atisbo la lluvia de agosto, ciertas humedades, la grisura de la roca, el olor de las mareas. Hay en los poemas una tácita cercanía del Atlántico y, finalmente, una hermandad con voces poéticas de Tamaulipas: Marco Olguín, Juan José Amador, Gloria Collado, Gastón Alejandro Martínez, Carmen Alardín, Alejandro Rosales Lugo y Gloria Gómez.

He leído este libro con la premura de quien lleva un reloj inexacto en la pupila; los minutos escalan, fatigados, la gris carátula de mis ojos y cuando creen haber alcanzado la hora breve del punto final, ruedan desde lo alto de mis párpados hasta el primer escalón de mi mirada. Me acude ahora José Carlos Becerra: oh azar donde la frase regresa a su silencio y el silencio retorna a la primera frase […]

José Carlos Becerra es un poeta muy amado por Sara, y hay entre los oleajes de Nunca quise detener el tiempo un hondo reflejo, algo que me recuerda su pulso, su cadencia de mar. Pero Sara no ha vivido las exaltadas pasiones de los sesenta; le ha tocado crecer en esta época fría, donde el horror ha perdido su fuerza y ya nada conmueve a la comunidad. Quizá por ello encuentro su poesía más cerca del abismo.

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Cierro el libro: en su atmósfera un raro destello me hace creer que estoy dentro de una fotografía, suspensa en un lenguaje de vidrio; que las ventanas de la Ciencia nada tienen que decirle a la Intuición porque ya no existen las preguntas; que ya no hay tarde ni temprano ni jamás ni ahora porque el Tiempo se ha fugado a una región sin nombre, se ha suicidado en los filos de mi rostro, se ha detenido, pero no.
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biografía de la humanidad: los viajes interiores de Eduardo Uribe

Publicado en la revista Punto de partida, de la Universidad Nacional Autónoma de México. No. 156. 2009.
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El mal está presente ya en lo hermoso,
el Infierno ya está contenido en el sueño del Paraíso

Milán Kundera


I
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El viaje al inframundo es uno de los temas recurrentes de la literatura de todos los tiempos, reverberación de la conciencia colectiva que nos conduce, irremediablemente, a la imagen del Abismo. ¿Es el recuerdo de nuestra condición primera, de la silenciosa Noche Cósmica que nos parió?

Nuestras referencias literarias, obligadas en Occidente, sobre el descenso a los Infiernos, nacen alrededor del siglo VIII a.C., cuando Homero nos relata la aventura de Odiseo: siguiendo las órdenes de la diosa Circe, desciende a la morada de Hades para consultar el alma del tebano Tiresias. El sabio anciano beberá la negra sangre libada en su honor y le hablará de su retorno a Ítaca, de las batallas, los extravíos y la venganza.

La épica Homérica despertará en Virgilio los 12 cantos de la Eneida –escrita entre los años 29 y 19 a.C.– Acudimos, de nuevo, a los reinos de ultratumba: las aguas Estigias por las cuales aun los dioses temen jurar en vano, los horribles lamentos de las almas atormentadas, la profundidad perenne del Tártaro.

Ya entrado el siglo XIV, Dante, guiado por Virgilio, nos lleva a la oscura garganta de la Tierra, desde el Limbo hasta la álgida morada de Satán, que yace de cabeza, como cayó al ser exiliado del Edén.

En las épocas antiguas los hombres están cerca de los dioses. Los demonios caminan entre las sombras de los pueblos, invaden el sueño de las doncellas y de los locos. Dioses y demonios son seres tangibles y el Infierno es un lugar lleno de ruido, de fuego, de llanto y de dolor infinito.

Es en el siglo XVII cuando, en voz de una poeta de poderoso Intelecto, se anticipa el espíritu de la modernidad que irá despojando de su trono a los vetustos númenes. El Primero sueño de sor Juana es un viaje del alma mientras el cuerpo duerme, por los espacios del Universo. A ella no la acompaña un maestro, ni una deidad; no la mueve, como a Odiseo, el anhelo por su patria, ni como a Dante, el deseo de fundirse con Dios. Su cometido es la búsqueda del conocimiento. Está sola, ante sí misma y ante la Eternidad. Es el inicio de lo que más tarde constituirá la exaltación del Yo en los románticos y los simbolistas.

Poe nos lleva hacia lo sobrenatural para producir terror. Kafka es más personal, se vale del absurdo y, a manera de profeta, retrata los horrores espirituales del Holocausto que no le tocó vivir. Dice Ivan Klíma: “un creador que sabe como reflejar sus experiencias más íntimas de un modo profundo y auténtico también alcanza la esfera suprapersonal o social”. Y ésta, precisamente, es la ruta que sigue Eduardo Uribe: ir de lo íntimo a lo universal. El infierno es ahora un lugar solitario, interior, privado.

II
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Eduardo Uribe es un biógrafo, un exhaustivo explorador de la especie humana, la única entre las que habitan la Tierra que necesita del mito para sobrevivir. Así, a través de su joven pluma encara el sufrimiento, el amor, la lucha por el poder, el anhelo del conocimiento, y nos muestra una fotografía móvil de nuestros propios infiernos.

Desde la cornisa de una equilibrada narrativa Eduardo acecha los mitos, aprende sus lenguajes, duerme a su lado y, con elegancia, los destruye, pero también los devuelve a su condición original: reflejar el carácter de nuestro espíritu. Su principal herramienta de búsqueda es una poderosa imaginación: un gran talento para crear realidades a partir de la realidad que él habita.

Once relatos cortos hacen gala de una refinada ironía, un humor denso que, a fuerza de oscuridad, termina multiplicando una extraña luz en las páginas. Letra a letra, Uribe desentraña luchas, temores y esperanzas que nos revelan como seres destinados a reinventarnos y encontrar, en lo profundo de esta reinvención, la misma naturaleza de nuestros abuelos, la misma substancia que albergarán nuestros hijos; una y otra vez nos hace dormir sobre la hierba y soñar con Sísifo burlado.

Infiernos particulares es, en esencia, una biografía breve de la humanidad.

III
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Hace un par de años me habría considerado candidata perfecta para ingresar a la Escuela del Sufrimiento. He leído en las primeras páginas de Infiernos particulares, un detallado informe de esta desaparecida agrupación, llamada por un escritor rechazado “la Asociación de los Licenciados Vidriera”, por aquello de la fragilidad de sus partidarios. Explica el desdeñado hombre: “En ella, los miembros, incapaces de tener cualquier relación con el mundo fuera del dolor y el tormento, establecen vínculos, crean situaciones, trazan proyectos sólo para sufrir”.

El autor del artículo cita al dolido ex alumno de esta escuela para dar pie a ciertas aclaraciones públicas concernientes a la misma. “El sufrimiento –dice en las líneas iniciales de su testimonio– era la cosa más abundante y mejor repartida del mundo”. Estuve de acuerdo con dicha idea, no sin experimentar un orgullo, que raya en la soberbia, al recordar uno de mis dones más preciados: la notable aptitud para sufrir.

Esta capacidad –quiero ser sincera– ha venido disminuyendo a partir de un hecho inesperado: algo se hinchó en mi cuerpo como un presagio y a los pocos meses de este inexplicable suceso apareció en un quirófano un pequeño surtidor de gozos. Empecé a tomarle un gusto raro al trabajo de esta oficina llamada Existencia y, para mi asombro, hallé agradables sus tareas; incluso, ahora veo con dulzura los escalpelos, la sangre, los vendajes, las estrías. Disfruto hondamente los días húmedos y frescos cuando una laminilla fría recorre las últimas vértebras de mi espalda y los tendones se aprietan como cuerdas oxidadas.

Ignoro si la Escuela del Sufrimiento volverá a abrir sus puertas. Desafortunadamente ya no cumplo los requisitos para incorporarme a sus filas.

IV
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Eduardo Uribe no es un observador pasivo de los días y sus vicisitudes; él mismo se da a la tarea de imaginar la Historia y de historiar la ficción. En sus narraciones, un tanto a la manera de Borges, los territorios de la realidad circundante se entrecruzan con los de otras realidades. Eduardo habla, por supuesto, desde su estética particular, en una combinación de rigor académico y sencillez que permite acercarse y disfrutar la lectura de su obra.

No descubro en sus argumentos al habitante de una ciudad en particular o de una época específica, sino a una suerte de camaleón que adapta su organismo a escenarios de múltiples tiempos y de infinitas posibilidades.

He abierto las once ventanas de este libro. Recorrí los extensos pasillos de la Biblioteca de Ibis, donde los hijos de Theuth almacenan sus conocimientos de la vida, testimonio de su grandeza y antesala de su destrucción. Me convertí en un libro olvidado, escrito con el pulso de la nostalgia, renacido en Lisboa con rostro de mujer. Vi a un caminante andar soberbio por las calles del absolutismo, cadena en mano, una manada de hombres tras de él. Acompañé durante fatigosas horas, días y años, a un burócrata que convierte su rutina en Epopeya y se sienta a edificar el fracaso.

V
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¿Es necesario apuntar que cada relato es un espejo, que en cada palabra voy acercándome a mis abismos particulares?

Veo a un escritor en un desván.

¿Por qué siento la urgencia de refugiarme en los olores frescos de la tinta, en el corazón de una imprenta fantástica, entre muros de libros que guardan los nombres del silencio?

No extenderé más mi experiencia en este breve texto, no hablaré de mi miedo a despertar en otro rostro; de las flores carnívoras que mordían mis sueños en la infancia; de los raptos y los laberintos. De todo aquello que Infiernos particulares le ha hecho abruptamente recordar a mis células.

En algún rincón de sus letras Eduardo Uribe nos presenta a un hombre que escribe, obsesivamente, en un viejo y abandonado desván. Me parece conocerlo, desde siempre, y me sonrío cuando otro espectador como yo dice: pues qué es, a final de cuentas, un escritor, sino un animal domesticado que, convencido de tener talento, visión o don, llena páginas con actitudes y pretensiones sublimes. Los ilusos son buenas bestias.
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Thelma Nava: cantos de Harmonía

texto leído durante la presentación del tercer número de Saloma. Letras entre ríos. Casa de la Cultura de Tampico. Mayo de 2007
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En las fronteras de la realidad, mientras mayo cede su trono de luces a un caluroso junio, Argos eleva su quinta Saloma: setenta y dos oleajes van y vienen por el océano de los mitos. En esta nueva travesía nos acompaña Thelma Nava, incansable buscadora de belleza, cómplice del Atlántico y de su atardecer naranja.

¿Qué puedo decir sobre esta extraordinaria mujer que ha repartido las horas de su existencia entre el ejercicio literario y el amoroso cuidado a su familia? Año con año nos regala su presencia para recordar, con nosotros, a su gran compañero, Efraín Huerta. Algunos de ustedes han compartido con ella una charla, un paseo, una tarde perfumada con silencios.

Yo sólo he tenido el placer de saludar a Thelma un par de veces. Me he acercado a su vena sensible a través de sus poemas y de una breve pincelada biográfica. Me siento identificada cuando se describe a sí misma como una niña y adolescente solitaria que aprende a crear su propio mundo. Su voz acude a mi encuentro, firme, nítida, como un barco de presencias que surca las aguas de la memoria y del olvido en pos de la eternidad. Sus líneas me han hecho sentir, a veces, como una doncella desnuda en espera del alba o una flor secretamente bañada de penumbra. Dice la poeta en La orfandad del sueño:

.................... Regreso de los sueños que se inclinan
.....................cada noche a recoger violetas.
.....................De tardes que se juran la lluvia a perpetuidad.
.....................De palomas que se adelantas a los acontecimientos.

En estos líricos paisajes brota el amor, no como la resignada contemplación de algo abstracto, sino como la ardiente batalla en que se combustiona el mundo.

En otras ocasiones la letra, fuertemente empuñada con sangre, me hace vivir tiempos en que mis células no existían, oscuros retratos de hombres y mujeres a los que desterró de sus páginas la Historia. Aquí dan testimonio la mano y el ojo del ser preocupado por sus hermanos y comprometido con su pueblo:

......................Tlatelolco es una pequeña ciudad aterrada
......................que busca el nombre de sus muertos.
......................Los sobrevivientes no terminan de iniciar el éxodo.
......................Pequeña ciudad fantasma, húmeda y triste
......................a punto de derrumbarse si alguien se atreviera
......................a tocarla nuevamente.

Sigilosa, me acerco a la poesía de Thelma Nava. Camino despacio en atmósferas de papel y lluvia, sin saber como hablarle a la Soledad que descubro entre pasos circulares, algún sabor amargo, un par de sombras dulces y fantasmas de nieve. Al centro de una página se yergue, conciso y agudo como una torre de ajedrez, un poema dedicado a Luis Ignacio Helguera: “En el límite”, puente hacia el amigo, el escritor, el hombre salvaguardado a través de la memoria.

Cautelosamente, con la delicadeza de un jardinero y la exactitud de un cirujano, Thelma va deshilando el finísimo tejido de la realidad. Justo al borde se detiene a preguntar qué escucharon los silentes espejos. No me cabe duda: es a mí a quien le habla; también a ti, silencioso espectador que contemplas este escenario… La indagación poética nos da de lleno a los dos, y a la dama de ojos expresivos junto a la puerta, y al joven que bosteza mirándose las rodillas; al que olvidó asistir hoy, al que no quiso venir, al vagabundo que pasa de largo este recinto… Nosotros somos cada poeta muerto, cada sendero truncado por la tragedia y cada sueño que renace de la Letra.
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Con pulso decidido Thelma Nava se adentra en la zona más íntima del corazón humano: esa hoguera preñada de soledades, fotografías, relámpagos y jazmines. Avanza por las calles de la Vida, con la mirada profunda de quien jamás pierde su capacidad de asombro, y en su propio espejo busca las antiguas raíces, los enmascarados instintos, el vértigo mental, aquello que nos convierte, a cada uno de nosotros, en un espléndido animal que resuena por la noche.

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Dejo que mi piel navegue un rato en la textura de los símbolos. Veo la tinta fluir a un ritmo pausado. El verso final me conduce por largos pasillos de incertidumbre, entre solitarias cúpulas de sed y puertas que aletean como pájaros de sangre viva. Cierro los ojos y vuelvo al principio. Estoy de nuevo en la primera línea del Poema.

Empiezo ahora, estremecida por el eco de mi propia voz, a recorrer las calles líricas de ciudades y tiempos lejanos adonde Thelma me traslada sólo para decirme que ya todo está contenido en la impermanencia. Cuando seguimos el trayecto a Amalfi me siento transportada a las lecturas de mi niñez, a las tierras imaginadas y nunca vistas por la niña que fui y sigo siendo. Las calladas imágenes parecen anticipar una erupción volcánica, el derrumbe de los sentidos y el origen de un silencio inagotable.

Observo una dialéctica sensible: los textos son equilibradas construcciones donde ocupan su espacio justo la lógica, la melancolía, las pasiones y el asombro. ¿De qué profunda vivencia brotan las esperanzas de esta mujer que hace frente a su condición de río en un mundo siempre en movimiento? Su escritura es, ante todo, una búsqueda, un oculto deseo de trascender los límites de la Palabra, quizá para nombrarla de otra manera y echarla a volar en el pensamiento, con otra forma.
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La colosal presencia del Vesubio en los acantilados del alma. La reflexiva pluma sondea los abismos existenciales. No cae por la borda. Una firme raíz la sostiene y alimenta: el amor, privilegio de quienes hacen un elevado ejercicio de la inteligencia y, a pesar de los duelos y vaivenes cotidianos, agradecen a la Vida sus bondades.

“Mi patria espiritual –dice la poeta– son mis hijas y nietas, mi pequeña familia desperdigada por el mundo y mis amigos más entrañables”. No es usual en nuestra época, sumergida en el aliento de las máquinas, la orientación biófila. Thelma reconoce el dolor como parte de la corriente vital y lo transfigura en belleza.

No hay duda: ella sabe en lo profundo de sus células que yo la leo; que tú, al observarme leer, sentado en la silla nocturna eres parte de los signos y las huellas de este fugaz minuto.