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Jardín



1

Llegaron al jardín con sus hachas afiladas. No son de nuestra especie, dijo uno. Carecen de alma y de razonamiento, dijo otro.
    Las hojas de acero se elevaron al unísono frente a los cuerpos que habían de ser cortados. Pedazo a pedazo fueron cayendo en el suelo. Ni un solo grito, ni un pequeño gemido brotó de aquellos labios macizos y apretados. En menos de una hora torsos, piernas y cabezas se amontonaban en el pasto.
    Ellos dejaron caer las armas. Se acicalaron la fronda con sus ramas.
    Sobre la tierra teñida de rojo las aplanadoras empezaron a hacer su trabajo.

2

El hombre despertó. Una rama del nogal que estaba talando debió haberlo golpeado y al desmayarse tuvo ese extraño sueño.
    ¿Qué hacía en esa cama de hospital?, ¿cómo había llegado ahí? Miro la página a punto de desprenderse del calendario. ¡Pero cuánto tiempo había dormido! Se deshizo de los tubos de hule que, como arañas, penetraban sus carnes. Salió a la calle y se echó a correr hacia la arboleda.

3

Han construido un bello edificio de ventanas amplias, con un patio enfrente. Jardineras blancas con flores de plástico rodean una fuente de mármol. Dos muchachos platican en sus orillas. Parecen estudiantes de economía –las gafas como a medio construir, una forma oblicua de sostener sus libros.
    Un grupo de niños juega cerca. Uno de ellos ha colocado una jaula en el piso; abre la puerta. Salta la sombra rojiza de un animal pequeño; luego, un rechinido.

4

Está de pie, desnudo e inmóvil. Las piernas metidas en la tierra hasta las rodillas. Los brazos flexionados en dirección al cielo. Sus párpados se encuentran fijos; los ojos, expuestos, no son dueños de su voluntad.
    Ve de soslayo la hoja de acero que se acerca con rapidez a sus muslos.
    No puede gritar.
    Siente una nube de polvo girando entre sus cabellos. Oye, a lo lejos, las risas de los niños, el rumor de las voces de los muchachos, algo como crepitar de alambres… el crujido de una cáscara de nuez entre los dientes de una ardilla. 

Urdimbre

Texto leído en La Claraboya, como parte de la presentación del segundo número de la revista Anábasis. Tampico, Tamaulipas, 2007.
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Todas las noches una tropa de orugas blancas recorría su pabellón auricular abriéndose camino hacia el cerebro; en dos o tres minutos la caterva de gusanos había instalado un campamento sobre la materia gris y el cuerpo calloso. Ríos de plasma fluorescente manaban de entre los lóbulos parietales, al ritmo de un monótono flash flash flash, y escurrían hasta la médula espinal devorando en su trayecto la más ínfima huella de razón.

Para hacer espacio a tan singulares eventos, el cráneo se expandía dándole forma de globo a la cabeza: tanto se inflaba que la punta de un alfiler habría causado al instante un gran estallido.

Cada bicho fabricaba una palabra. Letra por letra iba formando con los ganchitos de sus patas una bien pulida e, un par de emes cuidadosamente labradas, un magnífico ramo de haches, erres, jotas, infinitas combinaciones de símbolos.

Pronto el vocablo era un capullo. La diligente larva se dormía y unas horas después, ya transmutada, se iba volando de aquel recinto. Tras de sí quedaba una cáscara de signos incomprensibles.

Cuando el último insecto había escapado a través del túnel auditivo, la niña con intenso dolor abría los ojos, palpaba sus sienes reblandecidas y se echaba a llorar. Durante el día los residuos léxicos irían escurriéndose por su boca hasta dejarle las neuronas totalmente deshabitadas.

En el silencio nocturno, al amparo del sueño, una nueva horda de pegajosos visitantes comenzaría el delicado trabajo de urdir caracteres.

Ella jamás conocería el motivo de su constante cefalea y de las hendeduras en la piel de su rostro; nunca sabría por qué siempre soñaba extraños lepidópteros brotando de las páginas de un libro, con alas etéreas, ojos de brasa y una larguísima trompa que succionaba los nombres de la realidad.
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Invención de la palabra Artemia

Apuntes para una novela histórica. Ejercicio realizado durante el taller “Ficción histórica desde abajo”, impartido por Cristina Rivera Garza. Cd. Victoria, Tamaulipas, 2009.
Capítulo cero
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Observo el rostro de una mujer. Lo observo desde la ventana del tiempo. ¿El año? Mil novecientos cincuenta, o mil novecientos cincuenta y cinco, o mil novecientos nunca. Da igual. En realidad este rostro contiene todo el siglo veinte, o, más bien, el rumor del siglo veinte derrumbándose como un sueño. Los edificios de la memoria llenos de grietas, manchas, roturas.

La amplia falda sin color; los pliegues recogidos del suéter; el rebozo encaramado a los hombros como un animal; la trenza que se adivina, oculta, sobre la espalda, en el ángulo exacto de la soledad. Todo aquí, aislado por una lente. Artemia debe tener sesenta, sesenta y cinco años. ¿Quién se encuentra junto a ti, abuela? ¿En quién recargas el peso de tus días?

La fotografía está recortada minuciosamente. Una tijera ha deshecho la cercanía entre dos cuerpos. La pieza faltante del extraño rompecabezas encierra el sentido mismo de la luz. La simetría del amor.

Quiero pensar en Artemia desde la inocencia, como quien ve una laguna en el crepúsculo, como quien bebe agua fresca de un pozo. Pero aquí están las voces, puntuales, asediándome igual que siempre, untadas a mi piel como un veneno. Artemia se asoma desde un balcón lejano, un óleo monocromático que otros pintaron en mi cabeza. Primero conociste madre, luego esposa. Primero has de honrarme a mí porque yo te parí. ¡El lenguaje!, ¡el maldito lenguaje!

Quiero pensar en Artemia desde el olvido, desde la llanura solitaria de la mente. Moldear su carne, sus cicatrices, la sombra de sus párpados como si la inventara en este instante y nada existiera más allá de su contorno, del cauce negro de sus ojos, la desembocadura de sus miradas.

Quiero decir la palabra Artemia sin que se me claven agujas debajo de la lengua. Sin que las letras se conviertan en cuchillos. Me voy a matar, vas a ver, me voy a matar. Tú tendrás la culpa, tú y esa desgraciadísima con la que te casaste. ¿Por qué al verte aquí, abuela, esas exclamaciones parecen imposibles? ¿No huyen acaso de tu boca los ruidos, los verbos, los significados?

Los murmullos y el clamor de una vida se hacen polvo en tus mejillas. Ni un solo gemido queda en pie, ni un solo grito, ni un resabio de tu voz. Estás hecha de silencio, de aquello que falta. Eres el vacío junto a tu propia silueta, espejo cercenado entre mis dedos, nomenclatura del amor, tolvanera de un retrato roto. Astilla o fantasma de mis hijas, las que duermen en mi vientre, las que poblarán la tierra seca donde alguna vez brotaste, Artemia, visión que retorna cada noche a morderme las entrañas.
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