El amor es un bisturí

Este poema fue publicado, originalmente, en la plaquette Crónica del silencio (Letras de pasto verde, 2009); algunos fragmentos aparecen en las antologías Verso norte, bitácora de voces 2011 (Posdata / UANL, 2012) y Memorias del I Encuentro de mujeres poetas del Noreste y V Encuentro de mujeres poetas en Huejuquilla, (Tintanueva, 2010)


.
…no eres tú, mi dulce amor, no eres tú.
En realidad estoy dando a luz a la mujer.

La flor humana es exhibida al centro de la mesa,
completamente desnuda,
sin la eterna sonrisa del Alba: ella permanece afuera,
acicalando su pelaje púrpura, junto a mi madre y mi esposo.

El río amniótico adereza la ígnea soledad del cuerpo
sólo es un cuerpo, no un ser.
La palabra alma es un agujero por donde se fuga el oxígeno. 

                                         Aquí nada es íntimo.

Alguien, como un escualo, hurga entre la claridad y el agua.
Un nombre desconocido me cubre de azul el rostro.

Ahora el filo, el denso aroma rojo, los dedos
apretados en el látex, la pezuña eléctrica del mar en la ventana,
el grito negro del aire coagulado, su invisible got got got


                                                te están arrancando de mi vientre.

                                 *    *





¿Qué es esta redondez fría colgada sobre mis ojos?
Me ha dejado aquí un gigantesco simio, su mirada hueca
se pierde en las corrientes de aire
como el grito de un moribundo al fondo de un pozo.

Todo es insólito, un espacio yerto,
                                              sin forma, sin colores.
Blancas marionetas van y vienen
como grullas de largo pescuezo inyectándole azúcar a la Realidad.

Dos manos de carnicero te traen hacia mí
envuelto en algo incomprensible: un manto de pléyades
o una bufanda de luces.

No reconozco nada en ti.
Las caricias de los bebés molusco se adhieren
a mi sueño con húmedas ventosas.
El milagro retrocede: noches infinitamente largas
                                  esperándote.

Y el cielo abierto, mi amor te me has caído del vientre,
una vasija redonda con olor a sangre,


                                         moldura exacta del primer llanto.



                                       *     *




ross     ross     ross
un útero resopla en el hueco de la habitación,
perdidizo
arrima el torvo cuello a mi entrepierna, la zona más íntima y oscura.
Sus brazos han echado raíces por debajo de la cama.
                   Tiembla.
Encorva su abultado lomo preparándose a caer sobre mí.
¿Es el monstruo del que hablaba mi madre,
el que se lleva a los niños al venir la noche?

Busco tu mano diminuta para sostenerme.
                             Hace tanto frío.
Me acurruco en medio de tu puño, entre los dedos
que reman y reman
hacia un país lejano, un país de algodones y rosas
donde un río de leche dulce alimenta
                                                           por siempre


                     a los náufragos.



                                       *     *



Todo en orden, el escalpelo hizo bien su trabajo.
Las paredes, blancos y silenciosos capullos,
envuelven mi cuerpo.

Los vendajes son flores.
¿Jazmines?     ¿Acacias?     Un jardín extraño.

La quietud es abrumadora. No puedo hacer otra cosa que mirar
este diáfano tubo en mi costado, la gota, su caída infinita.

Apenas un fantasma llega de puntillas:
no es el esposo que tomaría mi mano
en la trinchera, ni la madre que entonaría
plegarias a Dios. La puerta está cerrada.
 La limpieza de los muros me recuerda la nieve en Vancouver.
En realidad nunca he visto la nieve, salvo en los ojos
de una mujer a punto de morir (su nombre 
era un zumbido de moscas en un respirador artificial).

Sólo puedo tronarme los dedos bajo la sábana,
esperar a la enfermera. Que traiga más penicilina.
 Que me arrope los pies. La hora de visita.



                                       *     *

                   
El crepúsculo es una fiesta o una batalla.

¿No es un confite parecido a las granadas
y el rostro de un niño en éxtasis
tan luminoso como el de un soldado?

Un ejército de brazos
invade la pequeña cuna, te hace volar por los aires,
delicado zeppelín de caucho.

¿Sientes el ritmo de caracoles eléctricos,
ese raro sabor a petróleo debajo de la lengua?

Pálidas mujeres me vendan los ojos con frazadas de bebé.
Las escucho parlotear como locas.
                                      Hablan y hablan
de sus irremediables días y de sus hombres atados al fuego,
a la raíz de una llamita obscena.
                   ¡Oh!, el ácido rumor de sus recuerdos.
No soy como ellas pienso no soy como ellas cuando
se rasgan el vestido y muestran, orgullosas,
un par de cicatrices, heridas de guerra,


                      tarjetas de presentación de la maternidad.



No hay comentarios:

Publicar un comentario