.
…no
eres tú, mi dulce amor, no eres tú.
En realidad estoy dando a luz a la mujer.
La flor humana es exhibida al centro de la mesa,
completamente desnuda,
sin la eterna sonrisa del Alba: ella permanece afuera,
acicalando su pelaje púrpura, junto a mi madre y mi
esposo.
El río amniótico adereza la ígnea
soledad del cuerpo
–sólo es un cuerpo, no un ser.
La palabra alma es un agujero por donde se fuga el
oxígeno.
Aquí nada es íntimo.
Alguien, como un escualo, hurga entre la claridad y el
agua.
Un nombre desconocido me cubre de azul el rostro.
Ahora el filo, el denso aroma rojo,
los dedos
apretados en el látex, la pezuña eléctrica del mar en la
ventana,
el grito negro del aire coagulado, su invisible got got got
te están
arrancando de mi vientre.
* *
¿Qué es esta redondez fría
colgada sobre mis ojos?
Me ha dejado aquí un gigantesco simio,
su mirada hueca
se pierde en las corrientes de aire
como el grito de un moribundo al fondo de un pozo.
Todo es insólito, un espacio yerto,
sin forma, sin colores.
Blancas marionetas van y vienen
como grullas de largo pescuezo inyectándole azúcar a la
Realidad.
Dos manos de carnicero te traen hacia
mí
envuelto en algo incomprensible: un manto de pléyades
o una bufanda de luces.
No reconozco nada en ti.
Las caricias de los bebés molusco se adhieren
a mi sueño con húmedas ventosas.
El milagro retrocede: noches infinitamente largas
esperándote.
Y el cielo abierto, mi amor –te me has caído del vientre–,
una vasija redonda con olor a sangre,
moldura exacta del primer llanto.
* *
ross ross ross
un útero resopla en el hueco de la habitación,
perdidizo
arrima el torvo cuello a mi entrepierna, la zona más
íntima y oscura.
Sus brazos han echado raíces por debajo de la cama.
Tiembla.
Encorva su abultado lomo preparándose a caer sobre mí.
¿Es el monstruo del que hablaba mi madre,
el que se lleva a los niños al venir la noche?
Busco tu mano diminuta para sostenerme.
Hace tanto frío.
Me acurruco en medio de tu puño, entre
los dedos
que reman y reman
hacia un país lejano, un país de algodones y rosas
donde un río de leche dulce alimenta
por siempre
a los náufragos.
* *
Todo en orden, el escalpelo
hizo bien su trabajo.
Las paredes, blancos y silenciosos capullos,
envuelven mi cuerpo.
Los vendajes son flores.
¿Jazmines?
¿Acacias? Un jardín extraño.
La quietud es abrumadora. No puedo
hacer otra cosa que mirar
este diáfano tubo en mi costado, la gota, su caída
infinita.
Apenas un fantasma llega de puntillas:
no es el esposo que tomaría mi mano
en la trinchera, ni la madre que entonaría
plegarias a Dios. La puerta está cerrada.
La limpieza de los
muros me recuerda la nieve en Vancouver.
En realidad nunca he visto la nieve,
salvo en los ojos
de una mujer a punto de morir (su nombre
era un zumbido de moscas en un respirador artificial).
Sólo puedo tronarme los dedos bajo la sábana,
esperar a la enfermera. Que traiga más penicilina.
Que me arrope los
pies. La hora de visita.
* *
El crepúsculo es una fiesta o una batalla.
¿No es un confite parecido a las granadas
y el rostro de un niño en éxtasis
tan luminoso como el de un soldado?
Un ejército de brazos
invade la pequeña cuna, te hace volar por los aires,
delicado zeppelín de caucho.
¿Sientes el ritmo de caracoles eléctricos,
ese raro sabor a petróleo debajo de la lengua?
Pálidas mujeres me vendan los ojos con frazadas de bebé.
Las escucho parlotear como locas.
Hablan y
hablan
de sus irremediables días y de sus hombres atados al
fuego,
a la raíz de una llamita obscena.
¡Oh!, el ácido rumor de sus recuerdos.
No soy como ellas pienso no soy como ellas
cuando
se rasgan el vestido y muestran, orgullosas,
un par de cicatrices, heridas de guerra,
tarjetas de presentación de la maternidad.
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