el sentido de la Educación

Ensayo presentado durante el Diplomado en Docencia. Maestría en Educación. Universidad de las Naciones. Octubre de 2009.
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I. De la ficción a la realidad: la máquina humana
Marisol Vera

En su cuento “se puede evitar el conflicto” –escrito a mediados del siglo pasado– Isaac Asimov plantea la inquietante posibilidad de que la red interconectada de máquinas encargadas de administrar la Tierra se “da cuenta”, siguiendo los dictados de la lógica, de que los seres humanos son peligrosos para sí mismos y, por lo tanto, no se les debe fiar el control de su propia existencia. Así, las computadoras toman la iniciativa de manejar los asuntos relacionados con el sustento de la humanidad. Este mismo autor, en otros relatos, habla de robots que, de algún modo, se hacen conscientes de sí mismos: cutie, un autómata encargado de manejar los controles en una base espacial, comienza a hacer indagaciones metafísicas, y Elvex, un prototipo con cerebro positrónico basado en la geometría fractal, tiene sueños durante las noches –debido a ello la robopsicóloga Susan Calvin y su joven colega, Rash, descubren que en la mente de los robots hay una capa inconsciente, igual que en los hombres.

Hablar del aparato psíquico de los robots en una época en que ni siquiera se había inventado la primera computadora personal, resultaba para la mayoría de los lectores un simple tema de ciencia ficción. Otro tanto pudo haberse pensado de Farenheith 451, de Bradbury –popularizado también en los años cincuenta del siglo XX– que planteaba una sociedad futurista enajenada por el entretenimiento descorazonado de los medios masivos de comunicación.

En los setenta, Stephen Hawking hacía énfasis en la gran necesidad de educar a las masas en el conocimiento científico, y dirigía sus expectativas, como muchos teóricos durante aquellos años, en el poder educativo de la televisión. Dicha promesa poco a poco fue desplazada por la desilusión ante la anarquía, la violencia y el enajenamiento –no privativas de nuestro tiempo, pero que, sin duda, van alcanzado dimensiones insospechadas– en las que, justamente, el entorno televisivo ha jugado un papel esencial. El vertiginoso avance tecnológico no corre paralelo a nuestro desarrollo emocional y espiritual –las constantes guerras y hambrunas en el planeta lo confirman. Pero aún hay sitio en la mente de las personas, en cierto sentido similar a como sucedió hace más de tres décadas, para depositar grandes esperanzas en la tecnología.
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II. El enfoque de las teorías del aprendizaje y el sistema de competencias

Los diversos teóricos del aprendizaje, desde Watson, que pretende que todo hombre es susceptible de convertirse en un delincuente o en un ciudadano modelo, hasta Vygotsky –apoyado en el materialismo histórico– que considera imprescindible escribir la historia de la evolución cultural del niño, exponen un enfoque esencialmente optimista del desarrollo humano: la conducta no es algo dado en nuestro organismo, sino que se forma en relación con el ambiente, por lo tanto es posible aprender a construir un mundo mejor que éste.

Dos reflexiones se hacen pertinentes. La primera tiene que ver con los recientes avances en el estudio del genoma. Esos pequeñísimos libros celulares, donde están escritos los programas que nos configuran, parecen tener mucha más inferencia en nuestra conducta de lo que nos gustaría aceptar. Todo apunta a que el ambiente no es tan determinante como se creía en el siglo pasado, si bien funciona como un catalizador o inhibidor de las tendencias naturales subyacentes en cada individuo. Estamos considerando, entonces, una naturaleza individual que tarde o temprano, como una marea, se manifiesta en la corriente cotidiana. Esto podría llevarnos a una conclusión fatalista: somos regidos por un conglomerado de fuerzas misteriosas a las que no podemos oponernos –un tanto a la manera del universo Kafkiano. Pero la ciencia puede, precisamente, develar parte del misterio: traducir los complejos códigos de nuestras células y manipularlos, idea que por cierto, no es nueva, sin embargo jamás se tuvo verdaderas posibilidades de aplicarla como en la actualidad.

El enigma que acabamos de apuntar no ha de resolverse por completo. Quizá los genetistas lleguen a diseñar embriones “perfectos” mas nunca podrán explicarnos cabalmente qué es la Vida. Sería conveniente detenerse aquí a revisar los contenidos de la teoría de las Inteligencias Múltiples, de Howard Gardner, y su relación con la genética.

La segunda reflexión se refiere a la aplicación del Sistema de Competencias dentro del marco de la nación mexicana. A cualquier observador le saltan a la vista las incongruencias entre el propósito de desarrollar las habilidades del pensamiento –al nivel de las grandes potencias industriales– y el panorama real de un país donde el 75% de sus habitantes laboralmente activos no ha concluido la educación media superior y el promedio de lectura es de medio libro al año. A esto añadimos la gran cantidad de zonas marginadas en las que no sólo no se satisfacen las necesidades educativas de la población, sino que no se tienen las condiciones básicas de vivienda, higiene y alimentación.

El Sistema de Competencias insiste en fomentar las actitudes positivas, la autoestima y la capacidad de análisis en los alumnos (en todos los niveles escolares). Sin embargo, el énfasis es cada vez menor en las asignaturas del área de humanidades en pro de aquellas de carácter técnico, sin soslayar los recortes que se le han hecho a los capítulos de nuestra Historia Nacional. ¿En qué van a sustentar su identidad y su sentido crítico los niños y jóvenes desarraigados de su raíz histórica, y al margen de una formación sensible?

La tarea del docente mexicano es, en el sentido más amplio, titánica. Deberá apropiarse de una labor intelectual que lleve a los estudiantes a comprender el valor intrínseco de la Educación, punto de partida para la reestructuración social, política y económica de nuestro país. ¿Somos capaces de asumir este compromiso?
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