el escritor y su mundo: un acercamiento a la obra de Arturo Castillo Alva

texto leído durante el minitaller "El escritor y su mundo" ofrecido por el Patronato de Bibliotecas Municipales de Tampico, en la Biblioteca de la Delegación Norte "Profra. Elena Maldonado Robles". Febrero de 2009.
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I. Antología de un naufragio

Hará unos siete años Juan Jesús Aguilar me obsequió el libro de su autoría Veinte poetas del siglo XX, donde por primera vez, gozosa y extrañada, me encontré con las letras de Arturo Castillo Alva. Cuando empecé a leer “Fragmentos rescatados del más grande poema tampiqueño jamás escrito” estaba convencida de que, verdaderamente, ése era el más grande poema tampiqueño jamás escrito; Arturo Castillo debía ser un náufrago a quien una tempestad, en mar abierta, arrebatara su obra, de la que sólo algunos versos habían emergido desde las profundidades atlánticas.

Me iniciaba formalmente, por aquellos días, en el oficio de la escritura y, debo ser franca, me había acercado apenas con cautela a los escritores tamaulipecos. Los poemas que inauguraron mi niñez fueron de Netzahualcóyotl y de Sor Juana –por un buen tiempo creí que todos los poemas del mundo eran al estilo del Barroco o de los Cantos Floridos del Anáhuac–; durante mi pubertad fui gran lectora de Poe, de Bécquer y de Wilde; recién entrada la juventud, me enamoré de los Simbolistas y de las sombrías metáforas de Sylvia Plath. De pronto, de la mano de Arturo Castillo, me descubrí vagando en un escenario cotidiano, lejos de las regiones exóticas y fantasmales a las que había sometido a mi espíritu: un Tampico anclado entre los años cincuenta y sesenta que no habité, que no me tocó ver y sin embargo me pertenecía de una manera absoluta. Entonces lo supe: yo también tenía una historia que contar a partir de mi raíz.

Fue en el primer Festival de Letras en el Golfo, entre una marejada de piernas y cabezas, donde me topé de frente con Arturo. Llevaba conmigo la antología de 20 poetas y le pedí que la firmara. “No me gusta dar autógrafos” me dijo secamente. Y firmó. Dos signos de interrogación, en medio la nada…

Volvería a encontrar al poeta una noche de invierno, en el Casino Tampiqueño: el grupo Erato, lectores de poesía en voz alta, presentaba la obra de autores tamaulipecos, entre los que Ana Elena Díaz Alejo –instructora del Seminario de Escritores Argos– generosamente me había incluido. La siguiente ocasión su voz fue amigable: “Escribes bien, chavita”; en la redonda inmediatez de sus ojos atisbé a un ser humano sencillo, ajeno a las poses muchas veces adoptadas en las esferas culturales del Puerto; un hombre que al hablar iba dejando en el aire un olor a olvido, a sal, a lluvia. “No vayas a dejar de escribir” me dijo en algún otro momento. Y le hice caso.

II. La tinta y el silencio

El Tiempo, con su costumbre de halar la juventud en los mares del rostro, me ha ido acercando poco a poco a la pluma de Arturo Castillo Alba: poesía, ensayo, crónica, narrativa y dramaturgia. Saber que hay páginas suyas, vírgenes todavía, me produce un secreto gozo. Definitivamente no es un escritor “apresurado” –como el pulso de la época actual parece exigirle a las nuevas generaciones. Él prefiere amasar lentamente –a lo largo de años, si es preciso– la tinta y el silencio hasta lograr un texto sólido. En Días de amor (y otros olvidos) afirma que los ocho relatos ahí reunidos son todos los que ha logrado concluir desde que se inició en la escritura –con la exclusión del primero de ellos–, en el trayecto de casi tres décadas.

Su manera de relatar es amena, con un flujo constante que va renovando las palabras hechas como la corriente de un río. Con frecuencia hace gala de una mordacidad luminosa para confesarse. Apunta en Los días perdidos (y otras pérdidas): “Dos sucesos terribles estremecieron mi infancia: el descubrimiento de que el dinero era necesario y el casi simultáneo de que no lo teníamos. Ni en casa ni en el barrio, que eran en esos años el límite de mi visión. (Tiempo después el descubrimiento de que dios no existía y de que, aparentemente para muchos, era tan necesario como el dinero iba también a estremecerme, pero nunca con la fuerza de los dos primeros).”

La poesía de Arturo, inevitablemente, me provoca una ternura que se vuelve sensualidad. Nostalgia a pesar –o precisamente por ello– de no traer en hombros un ayer demasiado extenso. “Finalmente la nostalgia sólo es posible cuando se posee aún cierta ternura y la ingenuidad suficiente para creer que el pasado fue un sitio donde, a pesar de todo, pudo un día habitar la felicidad… o la certeza de un futuro”.

Acudo ahora a la reflexión de Francisco Umbral acerca de la madurez: “no es llegar al orden, sino instalarse definitivamente en el caos. Aceptar el caos.” Me pregunto cuáles serán mis impresiones al leer la obra de Arturo dentro de veinte años, cuando todo rastro de juventud se haya fugado, para siempre, de mis manos.

III. Años sin viento

Este poemario, escrito entre 1988 y 1994, es una sola historia contada en fragmentos, la vida de un hombre que bien podría ser mi padre, mi hijo, mi hermano. Todos los hombres del planeta. Hay una intensa necesidad de mirarse al espejo como buscando la piel perdida, como si al nombrar los años muertos pudiese reanimarlos en una suerte de electroshock y volver, una vez más, a despertar en el regazo de un futuro que aún no se destruye.

Advierto a un artista comprometido con su época, que habla con desenfado acerca del amor, de las muchachas que se llevaron algo de su adolescencia entre las uñas; del dolor irremediable que brota en los estómagos sin pan, sin agua, sin dios; de un país al que ha visto desmoronarse como un montón de piedras en el polvo.

La Poesía de Arturo resulta estremecedoramente sencilla y alcanza en esa misma sencillez, un retrato de lo universal. La complejidad del alma. No recurre a las grandes metáforas. No invoca a Homero, a Virgilio, ni a Dante y sin embargo están todos presentes en la búsqueda de una patria inalcanzable, en el oscuro descenso a los infiernos, en el reconocimiento amoroso de la compañera que comparte su vida.

Orgulloso hijo de la clase obrera, el Infierno que retrata el poeta no es el del más allá, sino el de los tormentos del aquí y el ahora –los únicos que realmente importan–, la carencia, el sinsabor, la iniquidad –por todos conocida en este país–, la condición de millones de seres humanos a quienes no les queda más remedio que dejar la vida entre la maquinaria del mundo: todo se produce en serie, menos los sueños.

....dame dinero....dios....dame dinero
....y carne firme dame....y una cama
....y un pedazo de tierra donde
....pueda después pudrirme....todo cuesta

Pero en el abismo está contenida, ya, la salvación a través de la palabra y, definitivamente, la imagen de lo bello. En medio del Paraíso Eva se multiplica en zutana, mengana, fulana y perengana. Y como Beatriz a Dante, Olivia –su amada– lo conduce en la estancia final del libro, a la orilla de “otras premoniciones”.

El narrador se asoma con frecuencia a los territorios del poema, sin robarle plenitud a la poesía; más aun, enriqueciéndola.

....los jóvenes obreros queríamos la luna llena
....de las nalgas monumentales de ana bertha lepe
....y no obstante que en ese barrio
....éramos de los pocos obreros bien pagados del país
....no queríamos trabajar

Una pulsión teatral divide los poemas en estancias, a manera de actos, con escenarios entrelazados y personajes que se mueven ligeros entre los versos: muchachas, amigos, un padre, algún vecino, uno que otro actor anónimo. No es difícil ver huellas familiares; mis padres, hermanos y tíos andan por ahí con el nombre prestado. Tal vez yo misma. Quizá tú, que ahora estás leyendo.

IV. Los fragmentos extraviados

No puedo soslayar esa cadencia de agua salada que encuentro en “Fragmentos rescatados del más grande poema tampiqueño jamás escrito”. Me atrapa como a un pez. Me seduce. Me inquieta. Fue el primer texto de Arturo Castillo que llegó a mis manos, y por ello le tengo un especial apego.

El poeta comienza su viaje hacia los túneles de la memoria, mimetizado con el entorno húmedo de Tampico –que envejece de pronto–, se vuelve hacia dentro de sí mismo para contemplar un ayer que no acaba de alejarse.

....ahora
....mientras en la media tarde de junio el verano retrocede
....ante un ataque de densas nubes bajas
....y desciende el viento por túneles profundos
....arrasando en su humedad
....el humor de frutales corrompidos a ras de tierra
....mientras las cortinas se desbocan
....y tiemblan papeles sobre la mesa oscurecida
....ahora mientras escribo ahora
....mientras me masturbo
....y pájaros alborotados ebrios en el borde del miedo
....copulan en la huida con olores de la memoria
....o revientan implumes en la tarde declinante
....precipitadas creaturas gotas de agua
....y a punto del orgasmo me levanto
....recorro desnudo la casa
....como la risa triste de un gato joven
....y sordos golpes estremecen mi vientre
....ablandan mi pene
....ahogado..................doloroso....................como un mástil sin velamen

El poema se sostiene en un ritmo azulino, lúbrico, llameante; los caminos andados por los obreros y los hijos de los obreros al inicio de la segunda mitad del siglo; los hombros frágiles de Ana, que sólo tenía catorce años; la sospecha de un progreso que no había de incluir a los pobres –que siempre seguirán siendo muchos, los únicos que en realidad pagan.

....todo se paga..........sólo los pobres pagan
....los pobres padecen los castigos con una dignidad innoble
....y ana entre sonrisas tímidas
....mudaba de un pie al otro el peso de sus sueños mínimos
....mientras hablaba
....el pelo brillando en minúsculas gotas
....su pelo como un jardín de donde serían expulsados los serafines

No hay final glorioso en esta epopeya urbana, el héroe –que por cierto no es ni poderoso ni eterno– se embarca en la nostalgia y atraca en el desencanto. ¿Cuál es, entonces, el amparo que otorga la poesía? La reinvención. La permanencia de lo fugaz.

V. A manera de advertencia

Hasta aquí estas breves líneas acerca de la poesía de Arturo Castillo Alva. No he hecho más que hablar de mis impresiones personalísimas, que bien podrían no ser las más atinadas. ¿Podrías continuar tú, lector, este ensayo en tu mente? Espero no te hayas aburrido demasiado pronto y aún me estés leyendo. ¡Ah!, una advertencia: no hay en Años sin viento –ni en ningún libro escrito por Arturo, que yo sepa– un llamado a lo imposible. Todo te resultará conocido, íntimo, natural –aún lo fantástico. Ha dicho el poeta oportunamente: “no me interesa ninguna literatura que, para escribirse, no le baste la vida como es […]”

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